Treintona, solterona y bronceada.

por Verónica Schennel.

Cuando pienso en el lugar perfecto me imagino el majestuoso mar: su belleza, su grandeza, su profundidad, sus olas que van y vienen estrellándose contra las rocas. La arena, el sol y la brisa fresca acariciando mi piel y moviendo mi cabello de un lado a otro. Definitivamente viajar es vivir, y como dicen por ahí: “En el mar se vive mucho más… en el mar la vida es más sabrosa”, simplemente es un lugar mágico para relajarse, distraerse y dejar los problemas y la aburrida rutina atrás. A veces es bueno cambiar de ambiente, ver personas diferentes, recorrer, conocer, respirar otro aire, en fin, irse lejos de todo y de todos para poder renovar nuestras mentes y almas. Muchas personas se alejan para empezar de nuevo: una nueva etapa, una nueva oportunidad, una nueva vida…

Otros buscan un espacio tranquilo para poder pensar, reflexionar, cambiar aspectos de sus vidas, tomar buenas decisiones…

También hay quienes buscan aventuras y experiencias.

Yo quería una mezcla de todo lo mencionado anteriormente.

Estaba por cumplir 30 años y ya sentía la presión de mi familia, de mis amigos y de la sociedad entera por ser una mujer soltera a mi edad. Todos me preguntaban y hasta me criticaban por el hecho de no tener un esposo e hijos. Mi simple y humilde opinión es que el amor llega solo, no hay que buscarlo de manera desesperada. Además, el amor no tiene edad y llega justo en el momento y lugar correcto.

El amor y la felicidad no tienen edades comprendidas ni límites de edad, y es por eso que vivo sin prisa, sin buscar y sin esperar nada. Permitiéndole al amor que se tome su tiempo.

Ya se acercaban mis vacaciones, unas merecidas y ansiadas vacaciones después de un largo, intenso y agotador año de trabajar sin descanso. Se me vino a la mente el sonido de las olas del mar, el olor, la brisa, el paisaje maravilloso en el que el azul del cielo parece unirse y mezclarse con el azul del mar. Es como ver una pintura en relieve, una con movimiento, sonido y aroma, simplemente una obra de arte ante nuestros ojos.

Preparé mi maleta, en ella llevaba ropa muy cómoda acorde con el lugar: vestidos, shorts, faldas, lentes oscuros para el sol, gorras, sombreros playeros, largos collares, pulseras y tobilleras hechas con piedras y caracoles de diversos y hermosos colores, y por supuesto mis mejores trajes de baño. También llevé algunos de mis libros y revistas favoritas, estaba preparada para tener 2 semanas de mar, sol y arena.

En el camino observaba por la ventana, como una niña curiosa, como una mascota emocionada cuando sale de paseo.

Iba escuchando música, cantando y bailando en todo el recorrido hasta llegar a la playa.

Pensaba en el bronceado que iba a tener al volver a casa, en el olor del bronceador que aún permanecería en mi piel, en mi cabello largo y suelto aún con arena.

A pesar de mi soledad, estaba emocionada por celebrar mi cumpleaños número 30 en la playa.

Estaba acostada en la arena, con el sol en mi espalda, leyendo un libro, cuando sentí un golpe en la cabeza. Al principio pensé que un coco se había desprendido de las palmeras aterrizando sobre mi pobre cabeza, pero de haber sido así, no estaría viva contando mi historia. Luego se me acercó un hombre pidiéndome perdón e inclinándose junto a mí para recoger una pelota. No sabía si acariciar mi cabeza por el dolor que sentía, si gritarle a aquel hombre por haberme golpeado o si sonreírle y conversar con él. ¡Era tan guapo!, Pero yo estaba muy enojada. Él me miraba y me sonreía, aunque yo no sabía si era una sonrisa de seducción o una sonrisa de burla por haber golpeado mi cabeza con su pelota.

Durante días lo ví en la playa y también en el hotel en dónde me estaba hospedando, casualmente él estaba en la habitación de al lado. Yo empecé a creer que se trataba del destino que me daba señales de que aquel hombre desconocido era el indicado y que  finalmente había llegado a mi vida. Yo aún no sabía su nombre, pero seguro era hermoso como su rostro, como su cuerpo, como sus ojos, como su sonrisa, como su cabello, como todo su ser.

La playa con sus encantos era el escenario perfecto para una historia de amor que estaba por comenzar, era un paisaje mágico para el nacimiento de nuestro amor. La arena y el sol fueron  cómplices y  testigos de nuestras miradas seductoras y pícaras sonrisas. Yo estaba bronceada, lo que resulta muy sensual, sé que él me devoraba con los ojos.

Con el pasar de los días empezamos a saludarnos,  después de los saludos pasamos a conversar y pude conocer su nombre: Enrique Duarte. Luego me invitó a cenar. Fue una romántica cena en la playa, bajo la luz de la luna y el brillo de las estrellas, con una suave música de fondo, simplemente una cena perfecta. Esa noche sólo me tomó de la mano, lo cual estaba bien para ser nuestra primera cita. Si mano estaba pálida y fría, pero no le di importancia, seguro se debía al frío de la noche al aire libre.

Llegué a la habitación, estaba feliz y muy ilusionada, empezaba a extrañarlo, ya deseaba volver a verlo. Tomé una ducha y me acosté a ver películas para no pensar tanto él, ya que de seguir así no iba a aguantar la tentación de ir hasta su habitación.

A pesar de las películas que ví seguía inquieta y muy ansiosa. Me puse a leer, pero tampoco me ayudó, no podía concentrarme en lo que estaba leyendo.

Cuando me disponía a salir de mi habitación escuché el grito de una mujer. Yo me asusté mucho y no sabía que hacer, ese grito se escuchó muy cerca, parecía venir de la habitación de Enrique. Cuando me asomé lo vi parado en el pasillo, tenía sangre en sus manos y miraba de un lado a otro de manera sospechosa.

Lo lamento mucho por la mujer que gritó, pero sentí un gran alivio porque pude haber sido yo. Enrique me gustaba mucho, yo quería seguir disfrutando de su compañía, pero a pesar de mis deseos no entré a su habitación después de nuestra romántica cena, de haberlo hecho, el grito hubiese sido mío y la muerta sería yo.

En cuanto se subió al ascensor, traté de abrir la puerta de su habitación para entender lo que había pasado y para ayudar a la mujer que momentos antes había gritado . Al no poder abrir la puerta, sólo se me ocurrió pedir ayuda en la recepción del hotel.

Mi susto aumentó cuando me dijeron que esa habitación estaba clausurada por un crimen que se llevó a cabo hace 15 años. Al nombrar a Enrique Duarte me dijeron que justo ese era el nombre del hombre que asesinó a su pareja con un cuchillo y luego subió a la azotea del hotel y se arrojó. Esa trágica noche ambos murieron.

 En ese momento, no sabía si deprimirme porque ese hombre que tanto me gustaba era en realidad un fantasma o si asustarme por la misma razón: ¡Todos estos días estuve compartiendo con el  fantasma de un asesino!

Recuerdo ese viaje y siento una mezcla de pasión y miedo. Enrique era muy guapo y a pesar de ser un fantasma aún me gusta.

Regresé a casa siendo una treintona, igual de soltera pero con un bronceado espectacular. Me pongo a pensar en todas las historias que el mar guardará, en todos esos misterios que esconderá en el silencio de la noche. Me pregunto las historias y secretos que la arena contaría si pudiera hablar.

Verónica Schennel.

Escritora y actriz venezolana.

Pertenece a diversos Grupos y Movimientos Internacionales de escritores y poetas. Obtuvo el 2do lugar en el Concurso Internacional de Poesía por la Paz (año 2022). Recibió el “Premio Péndola Dorada” (año 2022). Obtuvo el 3er lugar en la categoría: “Crónica breve” en el Primer Concurso Literario Internacional (México, 2023). Obtuvo el tercer lugar en el Concurso Internacional de Relatos “Palabreando”. (España, 2023). Ganadora en el Primer Concurso de los Derechos Humanos Internacionales en la categoría de poesía (2023). Tercer lugar, categoría: Poesía. En el Festival “Las Raíces”. Chile.

Su trabajo ha sido publicado en diversos blogs, redes sociales, revistas digitales y antologías a nivel nacional e internacional.

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