por Manuel Monroy
Migrar es una marca en el territorio del cuerpo. Trasladarse de este modo implica hacerlo fuera del propio deseo; llevar a cuestas la historia de lo que ya no es y poner el porvenir en la incertidumbre. El cuerpo es todo lo que hay a la hora del éxodo. Salir / parirse en otra forma de ser desde la vulnerabilidad.
En esta serie de pinturas, Argeo Mondragón despierta los cuerpos migrantes bajo la cifra de su persecusión, su aislamiento, su improbabilidad como desmesura de lo insoportable ante un Estado que los denigra. Nuda vida en medio de los intereses del capital y la acumulación que solo pueden adiministrarla como violencia.
Los cuerpos de estas obras son liminares; su rostro, su abdomen, se desfigura en la huida que es el movimiento hacia la supervivencia, como si lo que faltara es lo mismo que se lleva: el reconocimiento de una individualidad que se ha vuelto el entorno que le amenaza.
El humo de mis costras, Sigue besándome, Vórtice, Nuevos tiempos, nuevo mundo son obras que hacen coincidir la disolución gráfica con el cuerpo que se traslada o se encuentra en un estado que convive con la muerte.
Disolución como presente, épica del desborde, exceso de lo que tiene solamente existencia que si no es acabada por los ríos, por el hacinamiento, por el hambre, por la misma adversidad, lo será por el aparato de violencia que la marca como vida inútil.
Estos cuerpos no entran en el orden del oikos porque ni adorno pueden ser; no hay producción ni negociación de un propósito por el cual deban ser convertidos en ciudadanos. Son el límite de toda política porque la rompen, la diseminan. Son amenaza de otredad en el orden de toda producción de valor de uso: vida alienada de su propio poder de vida que el Estado puede pensarla solo como servicio, aportación, secuencia de los intereses del mercado. Por ello mismo no es digna de derechos porque estos se conceden a quien forma parte de la rueda de producción útil y de trabajo.
Precisamente, de ahí han huido y su exclusión —su indocumentación, bajo el desorden que no garantiza el derecho— solo puede ser violenta.
La imagen pareciera recordar los recursos pictóricos que distinguen la obra de Francis Bacon, sin embargo, en Mondragón, lo descarnado y lo fantasmagórico es el desgarro de la mera existencia más que el de figuras expuestas por el delirio de su poder. La representación se hace desde lo común: el color ocre, la contorsión, la aparente cotidianidad en el curso de la supervivencia o de lo que fue.
Es la intensidad de conjunto de colores en los que tierra y muerte son, igualmente, personificación ligada a los materiales de la superficie de la caobilla y el pino. Estos, recursos materiales ligados a las superficies primeras de toda representación pictórica (como lo fueran la piedra, el hueso, la piel), permiten asistir a la imagen como una huella de algo que parece ajeno a quien lo se ve en esa superficie. Huella como testimonio porque no evoca, como tal, a quien no está sino que es la imprimatura de su propio presente.
La técnica encáustica ya lo hace permanente: se cubre el testimonio contra el deterioro del tiempo. Esta materialidad resistente hace de la represesentación de los cuerpos algo innegable: el tiempo no lo borraría y los discursos mismos que pretendan desacreditarlos, no pasarían tampoco de ellos. La mirada asiste a lo inevitable de una existencia que orbita alienada de los sistemas que ordenan la vida útil pero que se afirma, en su conato, como vida ingobernable a la vez.















Argeo Mondragón. Ilustrador y muralista mexicano, Tras una formación inicial en artes circenses, estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. En 2015 comenzó un máster centrado en arte urbano. Pintó en Art Basel Miami en 2014 y en el Upfest de Bristol en 2015. En su primer viaje a España en 2016, su mural de dos galgos enfrentándose ganó el segundo premio en ¡Pinta Malasaña! en Madrid. En México dirigió «Azul marino», una serie de 18 murales en Radio UNAM, y pintó «Pasaportes» en Mexicali, sobre migrantes capturados en la frontera. Ha colaborado en exposiciones colectivas y de forma individual. En 2011, obtuvo el doctorado en psicología social y organizacional por la UAM y regresa a radicar a la Ciudad de México. Desde 2010 es profesor de psicología en la UNAM.
Manuel Monroy Correa(México, 1976), poeta heracliteano, según su propia designación. Autor de Auspicio (Casa Editorial Abismos, 2017), El [llanto del] crepúsculo (Hebel, 2017) y otros libros. Textos suyos han aparecido en revistas literarias y académicas, digitales e impresas. Tiene proyectos de pintura digital y de audio («Sonoremas»). Es doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana.




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