Chicas trans hallan seguridad y aceptación entre corales como las únicas sobrevivientes a una tormenta que sumerge su isla en el Caribe.
[1] Este relato forma parte de Imagine 2200: Climate Fiction for Future Ancestors, un concurso de ficción climática de Grist, traducido por primera vez al español.
por Ada M Patterson
Traducido al español por Manuel Monroy Correa
Ilustraciones por: Carolina Rodriguez Fuenmayor
No la apartaría más el coral. Su respiración se atenuaba y su cuerpo se debilitaba. Tenía consciente que se quedaba sin más pasos que dar. Una chica como ella sufriría algo así por una década de caminata. En ocasiones, la arena sumergiría sus talones, sumergiéndola en la memoria, perdiéndose en lo que ella alguna vez fue, olvidándose en aquello en lo que se estaba convirtiendo. Es así como la calma la halló, rindiéndose a los destellos de una vida por encima del agua. La de su vida antes del agua. Quieta. Sola. Con la brisa, rompiéndose al tiempo en que la corriente la atravesaba, enfriando insistentemente su cuello, vaciando sus poros de plancton, algas, arenilla. Lo suficientemente frío como para tener presente cómo se siente el verdadero frío. Parada en la cima de alguna colina —¿qué nombre tenía? ¿Farnham? O era, ¿Felicidad? No, así era como llamaba a su sensación—, no importa el nombre. Lo que importaba era la brisa, el doliente suspiro del Atlántico, bañándola. Audible solamente en el traqueteo de las ramas y el temblor de la casuarina. Y ella podía escucharlo. Cada hebra joven sacudida por mil bocanadas de viento. Sus frutos más sueltos, caían desde el cielo, como desde un nido vacío de erizos de mar. Siempre tuvo cuidado de no caminar descalza debajo de los árboles de casuarina. El golpe duro del fruto en su caída, debajo de los talones, podía sentirse como el cristal que se inserta en el pie…, como las púas del pez león…, las espinas de un pez globo…, al pisar los colmillos de un arrecife…, ¡el viento! ¡Recuerda el viento! No se podía dar el lujo de hundirse en apariencias. Debía tener presente el viento, que cortaba a través de su playera. Lo suficientemente afilado como para recordarle dónde estaban sus pezones. Están. No los pólipos. Los pezones. Aquellos que hizo crecer a propósito. Los que eran suyos aun antes de los cambios. Los cambios, en su cuerpo, en el mundo. No podía dejarlos de lado. El viento se levantaba en su cabello como en una casuarina. El Atlántico, suspiraba al lado de ella. Fijando su mirada en aquella colina sin nombre, todo podía ser ella. Y ella, ser…
La corriente se abrió paso. Llegó hasta ella y lo recordó. Rememoró hacia dónde debía ir y así podría arrancar todas esas preguntas que le esperaban. ¿Cuántos días había perdido? ¿Cuántos pasos había dejado ir? ¿Por cuánto tiempo el letargo la reclamaría? ¿Cuánto de ella quedaba enterrado debajo del coral? Sus pólipos podían ahogarse con ese tipo de preguntas. Mejor o simplemente, seguir moviéndose tanto como pudiera hacerlo. Tan pronto como su mente pudiera pasar del coral. ¿Cuánto faltaba? Trató de mirar a través de la negra espesura del agua salada. Cualquier dolor se suavizaría con sus segundos párpados. Observaba, porque era necesario saber en dónde estaba. Debía recordar. Su cuello giró súbitamente, como las avalanchas costeras, cuando se tornó a mirar el punto de referencia más cercano: lo que fuera alguna vez un supermercado. Ahora, una descerebrada ruina. Estrellas elípticas brillaron desde la oscuridad. Una colonia de miles de bocas por nutrir… Ella no quería eso, una colonia. Deseaba, por seguro, una familia, pero no aquello, fuera lo que fuere. Enraizado y adherido a su propia especie, repitiendo y repitiendo un cuerpo ideal —una mente ideal—, sin la posibilidad de tener tus propios pensamientos. Nunca en la posibilidad de de ver más allá de los horizontes de la colonia. No. Ella siempre quiso algo más que eso. Algo más que este lugar. Algo más de este lugar. El coral la miraba de vuelta, como sabiendo que aquellos deseos eran en vano; como si supiera que todo aquello que pudiera crecer en esas aguas eran colonias. Sus pies resbalaron por raíces. El coral la había hallado de nuevo.

–¿Es tu hijo?
Con un rasgo de coquetería en la sonrisa, su padre había mordido el anzuelo que la cajera le lanzó
–Mi más grande– dijo, dejando que el apelativo «hija» muriera en su boca.
Haciendo flotar la palma de la mano un poco más abajo que el mostrador, la empleada palmeó la cabeza de un fantasma que solo ella podía ver.
–Recuerdo que lo hizo así de pequeño.
Nunca entendió por qué los únicos cambios ante los cuales que la gente sonreía la altura y la edad. Crecer alta, no ancha —una regla que necesitaría para sobrevivir, no fuera que alguna tía maliciosa o alguna amistad horrible cercaba a la familia proclamara su rechazo: «estás engordando»—.
Tampoco era una sorpresa para ellos; más bien, una decepción que su cuerpo creciera tan desregulado y fuera de línea. No entendía por qué salirse de la línea significaba aproximarse a la senda del daño. Ni siquiera la cajera ni su padre podrían ver la suavidad recién hallada de su figura, su piel, su cabello. Tampoco notaban los cambios deliciosos de su grosor. Entre sus profundidades emocionales a flor de piel y todo ese gozo al dulce estilo de Demerara[1] en el que vivía, nada de ello podría ser registrado. Simplemente, no sabían qué mirar. Demasiado ocupada recordando a una niña que no estaba ahí. Demasiado preocupada por dar la bienvenida a un hombre que nunca llegaría. Por supuesto, algunos no podrían ver los cambios. Los que importaban. Los que seguirían importando.
Había permanecido callada, dejando pasar el momento llenando su mochila de provisiones. La monotonía rota de algunas latas, gracias a algunos tesoros que destacaban. Pescado salado. Pimiento picante. Pepino. Todo se amontonaba haciendo que la boca de su mochila tuviera una mueca de horror. Se perdió en el olor nauseabundo del fruto del árbol del pan que quedaba en algún barranco por el que pasaban. Aun rondaba la insistente sensación de las hormigas aplastadas, el pasto húmedo, el lejano hedor de ratón de campo recién muerto. Pero esto formaba parte —lo sabía bien— de lo que implicaba recoger el fruto del árbol del pan. Este debería oler como si se estuviera pudriendo desde dentro. Al fin, lo que llamaban carne yeluh era solo la madurez vestida de corrupción. Carne yeluh, justo como ella, al momento en que se le retira la cáscara, es dulce y marchita —algo que tanto hombres como mujeres buscaban enterrado en sus muslos—. Algo decolorido de raza y tan basto que no tenía género. Todos los cambios más suntuosos habían olido como algo moribundo. Algo así solo podía saber maravilloso. Hombres y mujeres sabían eso. Así que la codiciaban. Ansiaban sus labios de mordedura de cienpiés y sus pequeños pechos de coucou[2] revuelto. Ella era arena suelta y húmeda. Pegajosa donde debía serlo pero nunca suficientemente asible.
Se apresuró a ajustar los cierres de su mochila, adelantándose a su padre. Necesitaba huir de los aromas distractores de criaturas muertas y fruto del árbol del pan. Necesitaba un poco de aire. Aun no la habían notado —ni en el hoy de todos los días—. Su sexto mes con estrógenos y simplemente no podían verlo. Todo ello ebullía dentro de ella. Tal vez, desde el inicio, ese era el punto. Tocar, de forma invisible, este cambio. Transformarse delante de los ojos de los demás, escondida a plena vista. Diariamente, dejaría que se derritiera dentro de sí. Que goteara por debajo de la superficie. Las ondulaciones generadas se trasladarían con la sutileza y la lentitud que la habían mantenido desapercibida. Podría esconderse en las gotas de lluvia. Así, cada día, se sentiría un poco más distinta. Difícilmente de medir, excepto, acaso, por aquel leve cosquilleo en sus pezones y un fresco roce al tacto de su playera. Se hallaba un poco más ligera y caminaba con un poco más de ritmo —nunca pensaría que se trataba de algo químico—. Simplemente, estaba feliz de mantener de nuevo su propio relato. Mucho más ligera, ahora que su sumergida vida podía hallar otro tipo de bocanada, revoloteando debajo de la superficie. Posiblemente era algo químico. Una pastilla que le permitía respirar bajo el agua. Por algún momento, tal metáfora podía ser lo suficientemente real como para continuar flotando. Caminar sin ser atrapada. Al menos, suficientemente escurridiza. Desaparecer al momento en que lo requiriera, profunda en el cuerpo de un hombre que vivía así a los ojos de las demás. Su piel la mantendría tibia, húmeda, respirando. Así haría lo que debía hacer. No estaba lista para hundirse. Aquí no. De este modo no.
Afuera, el sol no concedía ninguna misericordia. La piedra caliza y el polvo de las construcciones ahogaban el aire de blanco. La calle era árida y estaba abultada de ruido. La suavidad no tenía lugar ahí. Los martillos que perforaban el asfalto reducían el suelo a polvo al tiempo en que los microbuses vibraban por el camino. Las bocinas de los autos gritaban con ahínco al cielo como si Dios mismo pudiera dirigir el tránsito. Dorian venía y no jugaba. Su nombre era el único que valía la pena recordar. Todo el mundo estaba atiborrándose de víveres. Una horda de bolsas de plástico a punto de estallar, repletas de latas y comida seca. La gente compraba todas las provisiones posibles que pudieran llevar. Se podría pensar que las latas estaban llenas de repelente de huracán. Frente al supermercado, al lado del pavimento, ella se paró en medio de todo. Una tormenta antes de la tormenta. Permitía que la escasa brisa cosquilleara su pernas peludas. Desde su desteñido y ceniciento pantalón vaquero, se dibujaba una línea de sudor en la cara interna del muslo. Las gotas de piel de la terracota se asomaban desde los hoyos que las polillas hicieran en su playera, con la esperanza de capturar este exceso de luz.
Se mantuvo en un mutis de cara a la entrada, haciendo guardia de ese momento preciado en el que se mantenía en su propio cuerpo sin ser vista ni por su padre ni por cualquier otra persona, para el caso. Un arco de yeso cobijaba las puertas. Nadie había en él, vestido de un tono arenoso de magnolia. De hecho, era así para todo el edificio, excepto por el logotipo naranja y azul marino. Todo junto, daba la impresión de ser alguien que rechazaba sus colores para una puesta de sol. Tenía el propósito de ser legible y estilizado. Para los turistas, cuyos gustos eran los primeros en servirse, el supermercado central se hallaba en el distrito de hoteles. Vaya monstruosidad. Se hizo hacia atrás. Siempre se preguntó cómo conseguían ponerse tan colorados al tiempo en que hedían de crema solar. Pero este lugar no les pertenecía hoy. Nadie se daría el lujo de pensar en los dólares de los turistas cuando había un huracán por el cual comprar. Bajó su mirada hacia aquellos que llamaba su gente. Las puertas automáticas se abrían y se cerraban como un pulso de pánico. Había familias derrochando, con sus niñes colgando de cada brazo. Realmente creían que la supervivencia era algo que se podía comprar en una tienda. La única creencia inamovible era que Dios venía de esta isla. Hasta donde sabían, su cordón umbilical se hallaba enterrado aquí, profundamente, junto al de cada una de ellas. Nunca aceptarían que Dios se había ido con los británicos.
Esto era lo que amaba hacer: desvanecerse entre la vida de otras personas. Su gente. Desde una superioridad intelectual las compadecía para evitar la realidad a la que ella y las demás estaban tan dolorosamente anudadas y eran afines. Realmente, ella nunca había pertenecido a otras costumbres. Por ello las amaba con dificultad y desde lejos. La mayor parte del tiempo, con quejas y críticas. Quería más de ellas. Para ellas. Pero amaba esto, su juego en pretender una superioridad moral. Anidada en sus juicios, se sentía invisible y por lo mismo, invencible. No había estado esperando a su padre. No era así, ella disfrutaba este gozo desatado de las miradas que nunca sabrían cómo interpretarla. Se abría ampliamente al mundo en aquellos segundos antes del retorno de su padre. Sangrando, entre tanto ruido, empequeñeciéndose hasta el polvo, quemándose a los rayos del sol, a la deriva de la brisa. Sabía como serlo todo cuando nadie miraba.

Un puñado de pólipos se desmoronaba de sus párpados al momento de volver en sí. Toda ella cedía al pánico por un segundo, tratando de sostener la respiración a través de cada poro. ¿Qué cuerpo era ella ahora? Se palpó. No era la playera con orificios de polilla. Tampoco los shorts de mezclilla. Más bien, la piel morena llena de rubor, rezumando entre rizos y corales. Sus recuerdos podrían ser alarmantes, incluso, fatales. Justo ahora no podía darse el lujo de estar desmembrada del presente. El pasado estaba debajo de las aguas y no quería sumergirse hacia él. No de nuevo. Dando la espalda a la colonia de corales, siguió adelante. Poco más cuesta arriba y lo habría logrado. Se mantuvo entre el camino por delante y su vida debajo de la superficie, haciendo del pasado distante una burbuja fuera de su mente. Los problemas que germinaban en su cuerpo se atenuaban por momentos al dejar que la dulzura del mundo hiciera vagar su resplandor en ella. Era de una belleza resonante y le brindaba un sentido real. Sumergida, frágil, fragmentada, en ruinas, pero abundante en promesas por la vida. Una que se vivía en conjunto. Interconexión, para ella, difícil de recordar: la de sobrevivir de forma independiente, no al lado, sino conjuntamente. Como los camarones, en arcoiris nutriente para las anémonas; estas, protegiendo a sus inquilinos de cualquier daño. Como el coral y las algas viviendo encuarteladas, procurándose mutuamente el cuidado por la vida. Arropando sus cuerpos así como hemos vivido en los cuerpos de cada una de nosotras. Siempre tenía una sonrisa al notar esto. Todo ello había sido tan ajeno a lo que recordaba antes de Dorian. Hubiera sonreído más sabiendo que la vida aquí se hallaba por todas partes. No había huecos que no estuvieran llenos. No había tierras anexadas. Los caminos, revestidos de villas hundidas, desocupadas del pasado, hoy habitadas por peces y corales que pululaban. Lo que podía crecer donde fuera, lo hacía, sin permiso alguno, en pulsante supervivencia y ayuda mutua: aleta, garra, tentáculo, madrépora.
Aquellas villas comenzaban a ser los restos de algunas casas de bienes raíces mientras avanzaba. Buscando el sol, miró hacia la superficie de la bóveda arriba de ella. Nubarrones de sargazo. Bosques de algas color ámbar, con la espesura de un eclipse. Atisbaba bolsas de brillo cuando las algas se apartaban un poco por las olas. La superficie había sido siempre agitada, tanto como el mundo que yacía debajo. Se convencía a sí misma de que, mientras siguiera agitándose, ella lo haría también. En realidad, no tenía opción. Tal inquietud siempre la había retenido hasta ese día. Las noticias no esperaron, tal como un cadáver que, luego de mucho tiempo a la deriva, era arrastrado a la orilla. Apareció un barco de pesca vicentino. Desde el mar, se levantaba un montículo de arena y piedra caliza intentando mantenerse a flote. Llevaba una corona de árboles negros ya muertos, un erizo de mar gigante. Así era como los pescadores lo describían. La humilde cima del monte Hillary no era más que una ladera de tierra y arbustos asomándose fuera del agua. Parecía una calavera meneándose. Era todo lo que quedaba de su isla —cuando se determinaba verla—. Ahí había nacido y tal vez ahí moriría. Todas habían muerto ahí. Aquellas que hallaron vida debajo de la superficie —ella y las otras chicas— realmente no habían tenido una vida, en primer lugar. Su gente se había asegurado de ello. Cuando vino el agua y les dejó a su suerte, se quedó con la reiteración de una pregunta: «¿Cómo creces en una isla sin siquiera saber nadar?»
Había preguntado sin juicio. Fue algo llevado por la curiosidad infantil. Saber nadar no hubiera podido salvar a ninguna de ellas —por supuesto que sabía eso—. Nadie podría haber pasado a nado un huracán. La pregunta aun la perturbaba. Por cada ocasión que alguien se ahogaba, la isla entera incrementaba su duelo. Tanto gente local como turistas habían sido reclamadas por el mar, pero la muerte nunca pareció justa cuando se trataba de sus citadinos. Por esta razón, pensaba que la muerte también debió ser una turista. Eso o algún hotelero. Supo cómo su poder llegó ahí. No era ningún secreto para su generación. Las naves traían todo tipo de cadenas de ancestros y ella pensaba que ningún sentido podría escurrirse de aquel día. Esto es, algún sentido que no haya sido determinado hasta el cansancio; que no haya sido escrito hasta la muerte, una y otra y otra vez. ¿Por qué razón se pondría como rubor en los ojos manzanilla de la muerte con la esperanza de entenderlo? A pesar de toda esa insensibilidad, esa pequeña roca de horrores temblando en el Atlántico, debía surgir de repent como una sociedad. De nuevo esa pregunta dándole mareos: ¿Cómo creces en una isla sin siquiera saber nadar? La sombra de esta pregunta se mofaba de ella y de su gente. ¿Por qué necesitarían nadar las propiedades? ¿Hacia dónde requerirían nadar? Tenía sospechas sobre la manera tan sencilla en que estas preguntas podían ser tan fáciles de imaginar. Temía por lo que su propia sangre pudiera reclamar si ella no tuviera el cuerpo para responderle. Intentó rescatar algo de los restos de aquel día.
«¿Quién demonios querría nadar después de todo aquel horror en el agua?»
No era suficiente para calmarla. No podía permitirse dejar a su gente varada de ese modo.
Miró lo que quedaba de todas esas casas de alquiler que solían abrazar muy estrechamente el camino. Era muy difícil poder recordar algo que mantuviera su recuerdo. Toda su madera estaba a la deriva. Olas enteras de tubos galvanizados y oxidados en total pérdida. Solo quedaron los cimientos. Filas de escalones de hormigón desplazándose rápidamente hacia ningún lugar. Portales de la memoria sumergidos en el mar. Algunos de los jardines parecían embrujados con estatuas y fuentes; la figura de algún pequeño niño blanco con un cuenco en su cabeza. El mismo niño, moldeado en hormigón y pintado de esmalte blanco para ponerse en cada jardín de la isla. Ella podía ver que su esa blancura prístina no duraría. Se hallaba envuelto entre las hojas de un abanico de mar y rezumado de coral rosa. Las estrellas de mar anidaban en su cuenco. Ningún ave a la vista sino cardúmenes alrededor, indiferentes al hundimiento de ese niño. La pregunta acechó de nuevo. Tenía consciente el amor que dedicaba a la isla. Solo sus pobladores podían rivalizar con ella en eso. Pero ella no deseaba quedarse empotrada ahí o en cualquier otro sitio. No podía coincidir con aquellas que no deseaban o no necesitaban irse; aquellas que no requerían nadar. ¿A dónde irían si la isla desbordaba de todo lo que necesitaban? Aquella pequeña roca podía ser suficiente. Esta idea le azotó como si se tratara de un huracán. Oprimió sus puños y sus dientes. Deseaba con fuerza sostener su horrible, horrible, horripilante pequeña roca. El amor no crecería para chicas como ella. Un helado recuerdo que sangró sus manos con púas de erizo. Tenía consciente que no sería suficiente, nunca. Cada día antes de la llegada de Dorian, salía de la isla hacia el mar. Necesitaba flotar en algo que no estuviera delimitado o dejado a la muerte. Cada horizonte significaba una posibilidad. Cada oscura profundidad, una promesa que el arraigo no era la única manera de vivir.
Al momento en que Dorian arribó, el agua la alcanzó. Habían transmitido la desaparición del resto de la región. Toda una isla, perdida. Ningún signo de sobrevivientes —lo cual era cierto—. Nadie se pudo salvar. Afirmaban que el mar no pudo ser ruta de escape, aunque para las chicas que son como ella, el mar sí lo era. Chicas que crecían poco a poco con branquias, porosidades, pólipos, tal como les hubieran crecido de cualquier modo. Aquella branquia pequeña —aquella pequeña pieza delicada— era una pieza crucial para su supervivencia. Había hallado aliento debajo del agua. Así como es arriba, es abajo, cambiando en la forma que era necesaria. La mar —abultado de plástico— había cambiado igualmente: micropuntos tóxicos, plancton hormonal, agua en transición. Todo lo que contenía mutaba. Sabía lo que era sofocarse, tanto ella como la mar. Pudo respirar lo que en algún momento pudo cuando el aire se había adelgazado. El oxígeno agotado, los estrógenos al tacto. Una forma distinta de respirar para una distinta forma de vida para una chica distinta. Eran una entre sí, ella y ella —la mar y ella—. Ella y todas la chicas que lograron salir. Un plural de sí en gozo infinito. Todo lo humedecido era ella. De nuevo, el sopor de su memoria.

–Es curioso– los ojos de Keona se posaron en el horizonte.
–¿Qué cosa?–
–Chicas como nosotras– callaron. Los nacientes corales apacentaban ligeramente, germinando en su frente –tienen que vivir siempre sobre los límites. Solas–. Los corales apuntaban hacia el horizonte señalándole el camino hacia donde la isla se había perdido.
El mar permaneció quieto. Vestía las ascuas del decadente sol de la tarde. Las olas colapsaban en sí antes de poder levantarse, en retirada hacia el dobladillo de la falda de su madre, como si temieran crecer. Escuchaba el ruido que hacían los correlimos zigzagueando a lo largo de la orilla. Sus patas dejaban un caminito de huellas en forma de tridente. Los arrullos de las palomas al mediodía calmaban lo que se erguía a la vista. Sonaba siempre como una canción al alba. Pensaba que tal vez habían perdido algo. La brisa era como un suspiro por todos lados, capturado en las palmas de los árboles de almendro y en la gruesa red de la manzanilla de la muerte. Todo tenía la apariencia de lo muy terso, blando y difuso. Aun los escombros flotantes parecían maderos flotando inocuamente más que lo mortífero en expansión. Ciertamente el mar tenía la mayor quietud en meses. No requería de palabras ni de justificación. Todo lo que este mundo deseaba era el reposo. Ella y los demás supervivientes habían estado viviendo en las orillas poco profundas de La Soufrière desde que el mar se desbordara. El lugar se conformaba de chicas-coral extraviadas y vicentianos evacuados de las tierras bajas. Despúes de tanta muerte que había emergido del mar, a la gente no le importaba mucho las apariencias; a quién se amara o qué floreciera en el cuerpo o entre las piernas. Era un lugar allanado por la austeridad y el duelo, así como lo poco o más de familia que nunca conoció.
Ayudaba a Keona a mantener una fogata. Lo que necesitaran flotaba en el agua como restos a recuperar: crisis y redistribución —un huracán promete ambos—. Un pote de metal se tornaba oscuro al fuego con un cuenco de barro flotando al centro mientras hierve agua salada. La tapa, moviéndose de arriba a abajo mantendía el vapor y lo arrojaría hacia el cuenco. Eso era agua fresca para quienes la necesitaran en el campamento, para aquellos que no podrían beber directamente del mar. Viendo por encima de la fogata, posó su mirada en Keona. De un poco más edad, su cabello corto, oscuro, como lana, brotaba en forma de pequeños aros de humo por cada poro en su cuero cabelludo. Su piel era un encendido cielo nocturno por todo el calor que moteaba de sudor su rostro. Vestían una abotonada prenda extra-larga color turquesa como vestido, avejentada por la vida, que parecía tragar su cuerpo sin llegar a sus muslos. Gruesas, como el gozo de la carne sobre el hueso, brillaban espesas por las llamas que pretendían mantener con vida.
–Mira– se sacudían un poco el sudor. Siempre estaba un tanto nerviosa cada vez que Keona comenzaba a hablar. Sus palabras tenían, por ocasiones, el poder de envolverla como olas –Todas las eras más cercanas son eras dejadas atrás– dijo mientras sostenía la respiración dejando que su voz se vaciara. Debajo de sus pies la isla retrocedía. Trató de mantenerse firme, sabiendo que Keona nunca trataría de lastimarla. Sus palabras eran difíciles pero sabía que serían siempre un regalo. Se pesó en ellas, cayendo al fondo del mar desde donde Keona las ofrecía. Las eras se acercaban más y se permitió sentir lo que podía significar eso. Podía escuchar el lugar haciendo ruido a su alrededor; la gente laborando para mantenerse con vida. Haciendo las cosas que les permitieran seguir con vida. Una mezcla de voces —en algún momento encarnaron desacuerdos amenazantes—. El lujo de tener miedo salió como si de un corazón de coco se tratara. Dorian había venido y los arrojó conjuntamente a este lugar, de todos los lugares posibles. Una villa apenas existente, inclinada con mansedumbre a las faldas de un volcán. Apiñados por el desastre, sus mundos se achicaban y se empalmaban. No había dónde esconderse ni necesidad de hacerlo.
Su respiración retornaba, a su ritmo y asentada. Keona la había sentido dando vueltas a sus palabras en el mortero de su mente. La vía despacio, acogiendo a esta chica —su nueva hermana, hallada— y todo lo que compartían. Elle examinó el coral que brotaba a largo de sus brazos. Cada flor era madura y flexible. Cientos de labios pequeños color ámbar salían de ella. ¿En qué se estaban convirtiendo, Keona y ella? No exactamente coral, no exactamente humanes. Pero en medio tampoco era el lugar donde son. Keona le arrojó una mirada afirmativa, manteniéndola en el coral del cuerpo de su hermana. Ella pudo sentir lo que Keona miraba, la visión borrosa que sobre ella tenía volviéndose cada vez más clara. Podía sentirse siendo vista como una completa experiencia novedosa, una que podría pasar a nado cualquier horizonte conocido.
–¿Crees que hallan oído hablar de nosotres?
–¿Quiénes?– frunció ella el seño.
–Tú sabes, aquellas chicas en las otra islas– las palabras de Keona se deslizaron rumbo a la marea alta. Su boca se abría intentando dar una respuesta. Apenas comenzaba a establecerse en esta isla. No había tenido el espacio para pensar en las otras, sin contar a otras chicas. El asunto que trataba Keona la había inquietado de nuevo. Suya era la isla escogida para desaparecer completamente en la ruleta de los desastres de temporada. Nada había permanecido igual, pero las otras islas seguían ahí. Chicas encerradas, inmóviles, intentando hacer una vida en los márgenes de esas otras islas. ¿Habrán tenido noticia de lo que había sucedido, de lo que había cambiado?
–¿Y qué si lo han hecho?– retó a Keona a apaciguarla.
–Bueno, piénsalo como si se tratara de ti. ¿Qué harías?
No era fácil, Keona. Dejaron que el reto se les deslizara de sus manos como lo fuera una medusa. Sabía, sin embargo, con toda claridad, lo que habría hecho. Si supiera que no se podría ahogar, hubiera dado el paso hacia el mar y no mirar atrás nunca. La seguridad en la superficie era algo en lo que no podría confiar jamás. El lugar que conocía y en el que podía estar más a salvo era en el vientre del mar. Una seguridad a precio de estar sola. Nadando hacia las profundidades sabía que nadie podía hacerle daño pues sería la única persona ahí. Le sería insuficiente, por supuesto, pero justo ahora no tenía por qué ser así. La superficie del agua temblaba en su mente, rompiendo vertiginosamente con todas las posibilidades. Podía ver un mar de chicas como ella en el horizonte; pulmones ahítos de agua de mar, corales recientemente crecidos, respirando en su lugar; podrían relajar sus hombros, soltar las caderas y dejar que todo ese aire salino las liberara de cualquier daño. Eso deseaba para esas chicas. Todo ello y, para sí. Su visión descansaba en sus manos. Dando la espalda a la superficie, lo encontrarían. Un mundo nuevo que respirar.

Las algas comenzaron a diluirse sobre ella y el agua era cada vez menos profunda. Sentiría el sol quemando, atravesando el cielo como agujeros roídos en un techo de hojalata oxidada. Su punzada la despertó. Su cuerpo supo que ya casi era tiempo. Pronto vendría a ser una colonia. Debajo de ella, el camino se había desintegrado en arena y lodo. Era mucho más salino arriba donde estaba. Todo parecía muy turbio, excepto por las raíces negras y húmedas que se esparcían cual tentáculos en el techo. Igualmente inestable, resbaladizo, oscuro, como si cruzara un manglar moribundo. Maniobrando entre las raíces enredadas, notaba todo el dolor al tiempo de subir a la superficie. Los árboles frutales se inclinaban, despojados de sus frutos. Las palmeras y los tallos de papaya se balanceaban sin cabeza en la corriente sibilante. El suelo debajo de ella era un cráneo de piedra caliza sin ningún recuerdo, como si no se hubiese derramado nunca sangre, como si ninguna caña hubiese crecido. Todo era un yacimiento maldito, hundido ya fuera de lugar. Con cada paso, el agua se tornaba más caliente y verdosa. Difícil era moverse en este calor abrumador. Apenas podía pensar. El barro le mordía los talones y todos sus pólipos clamaban al sol. Ya que ella, el coral y el agua estaban unidos por la respiración, se preocupó porque la superficie siguiera siendo un lugar inseguro para chicas como ella. Resplandeció justo arriba de su cabeza y esa luz temblaba en sus propia ondulación. Miró fijamente hacia arriba, congelada, como si el techo se fuera a caer, como si el cielo arrojara sobre ella una casa debido a quien y a aquello en lo que se estaba convirtiendo; por quien siempre vendría a ser: una chica que nadó demasiado lejos, retornando ahora a casa. La luz danzaba en su rostro y el dolor más ligero la atravesó, haciendo estremecer a los nuevos corales que comenzaban a florecer.
La isla tenía la forma de un gran encharcamiento. No había mucho que sacar de observar las ondas. Estaba vacía de cualquier cosa que ella pudiera reconocer. Apenas distinguía unos árboles ennegrecidos y flacos inclinándose hacia el cielo. Pensó que tenía un parecido a un erizo de mar: pequeño, frágil y autoprotector, intentando de la mejor manera sobrevivir en un mundo turbulento. Hermoso para ver pero peligroso para tocar. Se preguntó hasta cuándo la isla le permitiría verla de este modo. Justo cerca de la superficie seguía dudando. Ignoraba cómo moverse —y no era a causa del coral—. La decisión de emerger la mantenía dando vueltas en su lugar. Nada aquí podía reconocerse como su isla. Ignoraba hacia aquello a lo que retornaría. Todo era nuevo, solo había vuelto a emerger. Tampoco estaba segura de tener siquiera el derecho de solicitar mucho de este lugar. Ni siquiera sabía si la isla la reconocería. Seguí mirando sin estar segura de qué sacar de ello, de este lugar que parpadeaba a través de la ventaba movible hacia la superficie. Observaba al tiempo en que temblaba en el juego de la luz y el agua. Se disolvía, continuamente, apartándose y recogiéndose, como si fuera incapaz de decidirse qué ser. La isla continuaría cambiando.
——
«»
[1] Demerara es una región de Guyana. N. del Tr.
[2] Platillo típico.

Ada M. Patterson (they/she) is an artist and writer based in Barbados and Rotterdam. Working with masquerade, video, and poetry, she tells stories and imagines elegies for ungrievable bodies and moments. Their writing has appeared in Sugarcane Magazine, PREE, Mister Motley, and Metropolis M.
Carolina Rodriguez Fuenmayor is an illustrator from Bogotá, Colombia.


Manuel Monroy Correa
Traductor y poeta radicado en México.



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