(Fragmento de la novela Donde crece el vacío)*
* 2a. Edición en Los cínicos editorial (2020). Publicado con el permiso del autor.
por Ernesto Olivera Castro
Nunca llegamos a conocer quién nos vence adentro. Y tal agonía es dulce porque aprendemos a vivir con las cosas que no entendemos. Con el tracto sin respuesta y las antífonas al reclamo del mulo mudo nudo corazón. A los isleños las cosas nos pasan con el salitre en los ojos, también en nuestra ficción, barroco insular, ese no me da la gana de negociar mis tristezas (al menos la poesía oscura se libra de esas metáforas domingueras para atrapar a los pobres de corazón, de profes que no leen y compran docenas de libros, y a los cuellos blancos que carecen del sollozo de los briagos cisnes).
Y como súbito quedaré unido al vacío (es decir, todos súbitos), donde nunca fui Foción, tampoco Frónesis ni siquiera el sueño de Oppiano Licario (Y por si fuera poco prendo una velita a esos tres tristes tigres del domador Infante).
Todo exuberante y difícil, cada vez que me siento a escribir, y escupir a ratos la maceta, donde intentaría sobrevivir sin falsos profetas. Y que me perdone Dalái Lama, junto a la próxima Navidad y, a pesar del calor del container no me salen ronchas ni sarpullido, pero me cuesta trabajo escribir palabras, palabras y más palabras hasta parecer un guanajo relleno, me cuesta asimilar los discursos sobre la claridad del lenguaje (olvidándose el misterio de los puentes intelectuales), pujo y recontra pujo y nada, entonces abandono el container y me lanzo al Malecón habanero repleto de negros, blancos, mulatos y gente de otra parte, no puedo pensar de otra manera, jugar con los tiempos es más estimulante, y antes de salir apaciguo ese culillo de publicar, encerrando a la envidia en un calabozo, vale más un caldo de frijoles negros, y vuelvo a ser Cemí.
Al salir de Trocadero 162, a pesar de mi apuro por llegar al container, un vendedor insistió en la compra de Juego de las decapitaciones y Ver a Fayad Jamís (el pintor zacatecano de Ojo Caliente que fue adoptado por La Habana).De los libros cayó una fotografía que rápidamente recogió el vendedor del suelo, diciéndome, Llévesela. No podía creerlo, unas aves de rapiña rondaban un soldado abandonado en el campo de batalla ¿Cómo se titula esta pintura? le insistí, ¡Olvidados! me dijo, del aristócrata ruso Vasili Vasílievich Vereshchagin, que antes de morir en un acorazado en 1904 estuvo aquí en La Habana.
Parecía que el gordo diamantino de Lezama, en su deambular azaroso por la casa dejaba en su librito ésta inmaculada sorpresa. No fue entonces inútil lo que con afán había buscado, algo sobre el abandono, en la insulsa historia y procastinación del arte, un largo aliento recorrió mi cuerpo envejeciendo, y luego cayeron más reproducciones, Apoteosis de la guerra, Después del ataque, Réquiem por los asesinados. Y pude olvidar para poder seguir.
Requiem for the fat man
(Originally published in Spanish in Beyond Dimensions No. 11)
by Ernesto Olivera Castro
Translated by Keith Grimes
We never get to know who defeats us inside. Such agony is sweet because we learn to live with the things we do not understand. With the expanse unanswered and the antiphons to the complaint of the mule’s knot heart. For us Islanders, things happen to us with saltpeter in our eyes, also in our fiction, insular baroque, that I don’t feel like negotiating my sorrows (at least dark poetry is free of those Sunday metaphors to trap the poor at heart, teachers who don’t read and buy dozens of books, and white collars who lack the sob of drunken swans).
And, as if suddenly I would be united with the void (that is to say, all of us suddenly), where I was never Phaethon, nor Phorasis, nor even the dream of Oppian of Licaria (And as if that were not enough, I light a little candle to those three sad tigers of the tamer Infante).
Every time I sit down to write, everything is exuberant and complex, and I occasionally spit on the flowerpot, where I would try to survive without false prophets. And may the Dalai Lama forgive me, by next Christmas and despite the heat of the storage container I don’t get rashes or hives, but I find it hard work to write words, words and more words until I look like a stuffed turkey, I find it hard to assimilate discourses on the clarity of language (forgetting the mystery of intellectual bridges), I struggle and struggle again and nothing, then I abandon the storage container and throw myself into the Malecón in Havana, full of blacks, whites, mixed race people, and people from elsewhere, I can’t think any other way, playing with time is more stimulating, and before leaving I appease that publishing asshole, locking envy in a dungeon, black bean soup is better, and I go back to being a Zemi.
On leaving Trocadero 162, despite my hurry to get to the storage container, a salesperson insisted on buying the books Juego de las decapitaciones and Ver a Fayad Jamís (the Zacatecan painter from Ojo Caliente who Havana adopted). A photograph fell to the floor from the books, which the salesperson quickly picked up, saying, “Take it.” I could not believe it; some birds of prey hovered over a soldier abandoned on the battlefield. I demanded, “What is this painting called?” “Forgotten!” he said, of the Russian aristocrat Vasili Vasílievich Vereshchagin, who was here in Havana before dying on a battleship in 1904.
It seemed that Lezama’s fat diamond-studded man had left this immaculate surprise in his little book in his aimless wandering around the house. It was not then in vain that I had eagerly searched for something about abandonment in art’s insipid history and procrastination. A long breath ran through my ageing body, and then more reproductions fell: Apotheosis of War, After the Attack, Requiem for the Murdered. I was able to forget so that I would have the ability to move on.

La Habana, 1962. Ingeniero Forestal. Diseñador de jardines. Escritor, poeta, editor y promotor cultural. Ha sido maestro en Universidad Autónoma de Durango, Casa Lamm, Radio UNAM, Universidad Riviera de Playa del Carmen. Tiene estudios de guión cinematográfico en Miami Dade College, y ha publicado libros de poesía: Habitante provisional (Ed. Nueva Vizcaya, Durango, 1994); La Salvedad (Ed. Arlequín, Guadalajara, 1998); Isla de Memoria (Ed. Fridaura, México, D.F., 2005); ¡Bah! (Ed. IMAC, Durango, 1988), entre otros. La primera edición de Donde crece el vacío fue en Neo Club Ediciones, Miami 2014. Sus trabajos aparecen en varias antologías, revistas y periódicos, sitios web en Estados Unidos, México, España, Cuba, Italia, Argentina, Brasil, Noruega, etc. Ha obtenido premios como Mención Caimán Barbudo, La Habana, 1989; Premio Nacional de Poesía Paula Allende, Universidad de Querétaro, 1991; Finalista en la III Bienal de la UNAM 1994, en guion de video ficción; Segundo Lugar de poesía en VII Certamen de Otoño, Brasil 2001; Finalista del Centro de Estudios Poéticos de Madrid 2001; Finalista en Tiempo Ediciones, España 2016. Actualmente escribe su segunda novela, Iluminación de los condenados. Editor de Los cínicos editorial.
Keith Grimes es escritor, traductor y editor en editorial La Confianza. Tiene licenciaturas en Ciencia política, Historia latinoamericana y español por la universidad estatal de Long Beach, actualmente estudia español en la universidad de Nevada y lo combina con clases en México. Su pasión por la literatura y los idiomas siempre lo han acompañado. El es fundador de La Confianza. Su meta es tener una Maestría en historia de México.
Keith Grimes is a writer, translator and editor at La Confianza publishing house. He has degrees in Political Science, Latin American History and Spanish from Long Beach State University. He is currently studying Spanish at the University of Nevada and combines it with classes in Mexico. His passion for literature and languages have always accompanied him. He is founder of La Confianza. His goal is to have a Master’s degree in Mexican history.




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