*Segundo lugar en el concurso de escritura de la Semana de Letras de la Universidad Iberoamericana.
por Itzel Zepeda Nieves
Bajo la mirada del cielo cuando veo pasar un avión y reanudo mi camino por las calles del Centro. Contemplo los muros con vestigios que intentaron desaparecer en una noche, pero no se puede apagar un fuego tan grande.
Distingo los violetas, los negros y verdes que muestran emociones y pensamientos. Los trozos de carteles y papel me recorren los pies gracias al viento. Miro hacia los monumentos que ya no sólo cuentan la historia de los proclamados héroes, sino de cientos de mujeres que escribieron y dibujaron su dolor, su inconformidad, su memoria. Aprecio esos dibujos que llaman rayones.
Me detengo frente al muro alzado para proteger, Āæpero a quiĆ©n? Y dejo escapar un suspiro al ver las manos pintadas que demuestran unidad, preguntĆ”ndose lo mismo que yo. Tal vez pensaron un nombre y que ese nombre no fue esa estatua para ser protegida. Y sienten un ardor y una impotencia que reflejan allĆā¦, en el muro sobre el que coloco una mano para sentir, para ver mĆ”s allĆ” de mis suposiciones. Percibo gritos y lĆ”grimas, el pitido eterno de una llamada nunca respondida, sirenas, noticieros que fingen empatĆa, escucho comentarios nauseabundos, cristales rotos contra las paredes, el golpe de una mano pesada en una mejilla arreglada, percibo manos resbaladizas y espeluznantes que me obligan a alejarme del muro. El corazón me palpita con fuerza en el pecho, es como un caballo que escapa de todo lo que me fue mostrado. Respiro con dificultad, con horror. Cierro el puƱo con coraje y me alejo de allĆ porque recuerdo una tarde. Recuerdo una caminata feliz con amigas y un rostro apuntado al suelo que hizo un comentario que nos paralizó. Y al paralizarnos cesó las risas. Pero seguimos caminando en silencio, bajo un sol menos brillante. Nos preguntamos por quĆ©, si sólo caminĆ”bamos, si sólo disfrutĆ”bamos del dĆa.
Por quĆ©, es la pregunta que muchas mujeres se realizan dĆa tras dĆa. ĀæPor quĆ© obedecer? ĀæPor quĆ© someterme? ĀæPor quĆ© silenciarme? ĀæPor quĆ© conformarme? ĀæPor quĆ© comentarme? ĀæPor quĆ© menospreciarme, violentarme? ĀæPor quĆ©? ĀæPor quĆ©? ĀæPor quĆ©? La pregunta suena como un eco no sólo en mis oĆdos, eco que se convierte en coro, y de coro en eufonĆa. Y esa eufonĆa tiene rostros. Sigo mi camino, abrazada de mi abdomen. Me da miedo mirar hacia cualquier parte porque no sĆ© quĆ© historia terrible pueda contarme una pared, un poste, el suelo, porque me aterra ver mĆ”s aversiones como las del muro. Sin embargo, volteo de vez en cuando hacia atrĆ”s y, cuando vuelvo al frente, recuerdo. Todo son recuerdos. Veo de nuevo las lĆ”grimas de mi amiga. Comprendo su preocupación femenina y esa soledad al ser vĆctima de un hombre con una voz a la que la sociedad le hace creerse imponente, aunque es estĆŗpida; una voz que se cree mĆ”s relevante, superior, con derecho a ser desobligado de la situación, pero son sólo sus bramidos pobremente disfrazados lo que escuchamos, los que intentan protegerlo de sus fantasmas y los proyecta en una persona que le ama y que le confió su templo y ahora teme a su vientre.
Siento que vuelvo a leer esos mensajes en los que otra luz intentó ser apagada con comentarios retrógradas y crueles, incomprensivos e ignorantes. Los comentarios, las palabras, son una herramienta hermosa que se ha convertido en un arma por aquellos que son como esa voz. Y la sociedad les permite utilizarla sin reparos.
Mi sangre hierve de nuevo. Presiono los dientes con coraje. Otra. Otra. Otra. ĀæCuĆ”ntas mĆ”s? ĀæCuĆ”ntas formas? No todo es sangre, tambiĆ©n es silencio. Dos dolores menospreciados y comparados; considerados insignificantes. Frunzo el ceƱo y aprieto los puƱos. Deseo arrasar con todo, sĆ© que puedo, pero algo me detiene, tal vez esa voz que me encaminó y comprendió, una que no me llamó como muchos lo hacen. Bruja, arpĆa, vĆbora. Sólo mujer. Una mujer con un don que le permite ver el dolor de aquellas mujeres del muro, de todas partes, pero igual su felicidad, que deberĆa ser mayor al dolor, pero hay demasiados que se creen ajenos.
Ā”Oh ignorancia que has de llenar de soberbia las mentes de tus vĆctimas, quienes se creen con el poder de generar mĆ”s violencia, sometimientos, de establecer chivos expiatorios y hacer y decir lo que les place! Ninguna los conforma. ĀæY por quĆ© deberĆa? No somos ni su posesión ni su circo.
Me siento en una banca que me muestra personas cansadas, otras felices, otras enamoradas. Esa banca no me muestra dolor y lo agradezco. Vuelvo a mirar al cielo y me muestra las sonrisas, los abrazos, la diversión y las charlas. Veo la belleza y la fuerza que nos vuelve únicas, hermosas.
De nacimiento cargamos con dificultades que han vuelto tabĆŗ, que marcan como vergonzosas, pero nos tendemos la mano y aseguramos que no hay razón para sentir culpa, retraimiento o temor. Aun asĆ, el peso de responsabilidades y deberes impuestos, ficticios, justificados con la naturaleza o la razón de ser, pesan demasiado y debilita muchas rodillas.
Siempre se nos considera o heroĆnas o mĆ”rtires; siempre somos culpables de algo. Es injusto. Nos obligan, imponen, fuerzan, sosiegan, limitan con respecto a todo aquello que desean y puede volvernos nosotras. QuĆ© peligro representa para ellos el que lo seamos; quĆ© peligro nuestra libertad. Y aunque nos intentan mantener encadenadas, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados, nos culpan.
Coloco mi mano sobre el vientre y recuerdo cuĆ”ntos ojos desean verlo abultado, pero no los mĆos, y por ello juzgan, pero si decidiese verlo, lo harĆan por igual. Cargamos con la responsabilidad de llevar un vientre, pero no nos hacen sentir dueƱas de Ć©l realmente. Y de nuevo atiendo nuestro manifiesto al preguntarme por quĆ©. ĀæPor quĆ© han de dar juicios y sentencias a mi cuerpo? ĀæPor quĆ© han de intentar decidir su uso y función? Ā”Escuchen el pronombre que va antes del sustantivo, que les retumbe como un eco la palabra mĆ y mĆo, que resuene el yo!
Quieren que hagamos mucho, pero seamos poco. Inteligentes, pero no tanto porque intimidamos; fuertes, pero para cargar niños; delicadas, pero no podemos llorar y debemos resistir; expresivas, pero no podemos quejarnos; sensibles, pero con sus sentimientos, no los nuestros; dedicadas, pero en un hogar donde parecemos esclavas al arrebatarnos la voz; cultas, pero para que presuman o comparen, no para trabajar. Nos desean para alimentar su orgullo como un trofeo, pero olvidan que no somos objeto ni posesión.
Todo es Ć©l, son ellos. ĀæQuĆ© hay de ella, de nosotras? Nos ligan a mil estĆ”ndares creyendo que nos matarĆamos para cumplirlos y satisfacerlos, pero no debemos, no lo haremos. No somos parte de ellos, ninguna costilla. Somos todas nuestras, para nosotras, de nosotras. SonrĆo y vuelvo a caminar.
Llego a un cafĆ©, pido algo de beber y observo a una mujer que intenta calmar a su hijo, mientras el padre ve fotografĆas de otras mujeres en redes sociales y sonrĆe de forma desagradable. Ella le pide ayuda y Ć©l se encoge de hombros. Frunzo el ceƱo, le tiro el celular desde mi distancia deseando hacer mĆ”s, pero me llaman y me distraigo. Vuelvo a voltear, pero han desaparecido.
Camino a una mesa y me siento, pensativa. Escucho una conversación a mis espaldas. Critican a la madre que se fue y compadecen al padre llamĆ”ndola a ella incompetente. Cambian de protagonista y hablan de una joven que conocen y no desea ser madre aseguran que sólo se deja llevar por lo que dicen las locas feministas, lo comparan con su Ć©poca y con sus madres. Suspiro; son dos mujeres quienes hablan. Recuerdo que igual podemos ser nuestro enemigo y me pregunto por quĆ©, pero antes de conseguir responderme, entran tres chicas al cafĆ©. Buscan, encuentran y sonrĆen. Devuelvo la sonrisa. Me piden que espere con una seƱa y asiento con la cabeza. Van y piden su cafĆ© y entra otra joven a la que describen despectivas las mujeres de atrĆ”s. Niego con la cabeza, les explota el cafĆ©, se quejan y me distraigo al recordar las vivencias de esas tres amigas a las que espero. Rememoro su enojo, su inteligencia y me asombro como la primera vez. Si nos llaman demonios, sĆ© por ellas que son hermosos y, si nos llaman Ć”ngeles, sĆ© que son sublimes.
Se sientan frente a mĆ. Conversamos.
āVolvió con Ć©lā dijo una.
Negamos con la cabeza, embargadas por la tristeza e intento descifrar quĆ© necesita para ser libre de Ć©l, de alguien asĆ, que la abandonó cuando su vida y futuro pudo pender de un hilo, dar un giro demasiado brusco por Ć©l. No soy la primera que desea saberlo e, igual que muchas en el pasado, me queda claro que no es sencillo, pero sĆ© que es posible.
Mencionan que la chica a la que insultaron las mujeres se ve hermosa y me muestro de acuerdo. Nos mira, la saludamos y sonrĆe amable, despuĆ©s va con alguien que le grita agresivo y bajo la mirada para evitar lanzarlo a la calle.
āMe dio las pinturas que me gustanā nos dice otra.
La felicitamos. Recuerdo entonces que no todos son ignorantes y que él le ha dado mÔs que flores, pinturas y sonrisas; le ha dado paz y respeto, seguridad. Veo al mundo en grises. Me recargo en mi asiento y reflexiono mientras escucho el enojo de la última por y ser incomprendida, juzgada y despreciada por preferir algo distinto a lo establecido, por amar distinto.
Contemplo dos, tres, cuatro, cincoā¦, miles de vertientes del barranco en el que nos encontramos y unas ayudan a crecer, pero otras retienen y otras enfurecen. El temor me llena de repente y tengo miedo de caminar sola de nuevo. Se los digo y se ofrecen a llevarme a casa; lo agradezco.
āMaldiciónā suspiro con enfado. ĀæPor quĆ©? ĀæPor quĆ© hemos de tener miedo? Ā”Quisiera caminar sin necesitar ver hacia atrĆ”s, utilizando cualquier prenda, riendo sin necesidad de que me digan nada!
Se muestran de acuerdo.
Agradezco el tenerlas, pero la tristeza no se borra. Hay algunas a las que les hacen creer que estƔn solas o las hacen sentir solas. De nuevo escucho las risas cesar por un momento, de nuevo veo nombres y acciones en un espejo del baƱo, los veo en muros frente a los monumentos y siento el viento que arrastra los carteles.
Abandonamos la cafeterĆa entre risas, temo que cesen como en mis recuerdos, pero continĆŗan el resto del camino. Alzo la mirada al cielo de nuevo, sólo veo nubes y sonrĆo al cerrar los ojos y llevar mis dedos a los labios. Lanzo un beso al cielo a la vez que deseo paz, a la vez que confĆo, a la vez que prometo no doblegarme y recuerdo la lucha.
Escucho mi nombre. Las miro, sonrĆo y las alcanzo. No hay mĆ”s temor. No estoy sola. No estamos solas. No estĆ”s sola.

Itzel Zepeda Nieves es estudiante de la licenciatura Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana. Es autora del cuento titulado «Alejada de ellos», publicado en la revista Relatos e Historias en México. Es también ganadora de los segundos lugares en el Concurso de Cuento del Centro Universitario Anglo Mexicano 2023 y del Concurso de Escritura de la Semana de Letras 2024 de la Universidad Iberoamericana. Tiene una gran pasión por la literatura. En su tiempo libre se dedica a leer o a trabajar en su novela. Arthur Conan Doyle es de sus autores preferidos y disfruta de escribir al aire libre.
CrƩditos de imagen de perfil: Itzel Zepeda Nieves



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