por Laura Méndez de Cuenca
A Casimira le amaneció el gallo suelto, el Domingo de Resurrección. El gruñido con que correspondió al saludo matinal del amo, el ceño adusto que le puso cuando aquél le mandó que le entregase pronto el chocolate, y, por último, el silencio en que se encerró a todas las preguntas de la señora eran buena muestra de que la cocinera, ordinariamente festiva y locuaz, estaba ese día de moña tuerta.
Había razón. Casimira, aunque de origen humilde y baja condición de criada de servicio, tenía nervios como todo el mundo; y aunque, en aquellos tiempos, no se conocían de nombre la neurastenia y la neurosis, dichas plagas abominables existían, mostrándose, solamente, por sus resultados: mal humor, moña tuerta, catoche, etcétera. ¡Qué de variada no es la cáfila de frases para dar a entender que una persona está con poca gana de que le hablen y se metan con ella! Tanto don Pedro Ordóñez, como su mujer, doña María Antonia, se hacían cruces de lo que le pasaría a la cocinera; y ambos la miraban solamente con el rabo del ojo, porque la respetaban y amaban, a la vez que temían hacerla enojar.
Casimira había criado a don Pedro en sus brazos; tratábalo de tú a tú, y lo regañaba, sin parar mientes, cuando lo creía justo. “Que andas siempre corriendo y te fatigas; que sales de sopetón a la ventana, cuando estás pegado a la vela; que te quitas el sombrero en el aire”. La cocinera no entendía que su amo ya no era Periquito, el que se pellizcaba las narices, sino un mocetón de veintidós años, recién casado, y con empleo de escribiente de a cincuenta pesos, en el Gobierno del Distrito. Cuatro meses hacía que don Pedro había dicho a la fámula: “Casimira, en tus manos pongo a mi esposa y mi casa: tú sabrás cuidar de todo lo que es mío. María Antonia, como jovencita que es, no tiene experiencia; pero es dócil y se dejará guiar de tus consejos. Que me la cuides, como me cuidaste a mí, ¿eh?”.
María Antonia, acostumbrada a que la juzgasen humilde, y sabedora de que la mansedumbre y la irresponsabilidad eran el galardón a que debía aspirar la mujer, mostrábase sumisa en todo. Acataba con respeto las órdenes del marido, como con respeto había obedecido fielmente las de sus padres; pero en su interior, la joven esposa se rebelaba contra el papel de borrego que el sexo le imponía. Pensaba humillante que la mujer fuese inferior al hombre e irresponsable de sus acciones. A lo menos, ella veía, en su propio pensamiento, una irradiación sobrenatural, y sentía tener alas, en vez de brazos. Alas, sí; pero cortadas y entumidas. ¡Ay!, si se las dejaran crecer, ¡qué lejos y qué rápida volaría! María Antonia esperaba pronto verse con un hijo en los brazos, antes de cumplir diecisiete primaveras. Al hijo sí que lo enseñaría a ser responsable y libre, aunque fuera del mismo sexo inferior y apocado que a ella le había tocado en suerte.
El mal humor de Casimira no tenía una causa, sino un rosario de causas. A una mujer de orden y costumbres decentes, como ella decía ser, no le puede gustar que la lleven a ver camorras de léperos, que acaban siempre con sangre. Don Pedro, quien, como todo buen casado, durante la luna de miel condescendía con los deseos de su mujer, aunque éstos fueran contra las propias convicciones, había consentido en ir el Sábado de Gloria a Santa Anita, haciendo que la criada vieja los acompañara; como para que los años y experiencia de la cocinera prestasen sombra al joven matrimonio. ¿Y qué había pasado? Lo de siempre: indecencias, exceso de embriaguez y cuchilladas. Esto, tras el Sermón de Pésame de la víspera, tan elocuente y conmovedor; esto, dos días después del horrendo asesinato de don Juan de Dios Cañedo, en el Hotel de la Gran Sociedad, mientras que un huracán inusitado arroja las chispas del incendio, de carrocería a carrocería, por las calles de Nuevo México: esto era bastante a sacar de quicio el sistema nervioso mejor equilibrado.
Casimira continuó amordazada hasta la hora de salir al mandado. Se podía barrer la casa y fregar los trastes con el pico cerrado; pero no salir a la calle sin avisar a la señora para que atrancara bien el zaguán, tanto más, cuanto que tenía que quedarse sola, por un par de horas.
La cocinera, haciéndose violencia, al bajar la escalera ese día, dijo: “Ahora, niña, enciérrese usté bien con llave y tranca, no sea que se vaya a meter alguno y le tuerza a usted el pescuezo. Luego no podrán echarme a mí la culpa”.
Era la vivienda de don Pedro Ordóñez una de esas de la plazuela de las Vizcaínas, llamadas accesorias “de taza y plato”. Formaban parte del Colegio de la Paz, al cual daban renta; pero quedaban de éste completamente incomunicadas y aisladas entre sí. El nombre de taza y plato les venía, por estar compuestas de dos partes; la una encima de la otra: el plato contenía el zaguán y la escalera; la taza, una sala minúscula, una recámara menor todavía, y la cocina, donde apenas cabía la cocinera. En la sala de los Ordóñez, ocupaba puesto principal una mesa tortuga, adornada con floreros y muñecos de porcelana de Dresde, unos vestidos de corte y otros de aldeanos. Tres veces al día quitaba Casimira los cacharros de la mesa y la carpeta de China bordada a colores vivos, para extender el mantel y poner el servicio de desayuno, comida y cena. Durante esta cotidiana tarea, acostumbraba la buena mujer advertir a su señora de los peligros del mundo, ilustrando con mil consejas y ejemplos los hechos nefandos de que quería librarla. “El niño me la ha entregado a usté —decía—, y yo me creo obligada a prevenirla de todo lo malo para que no se crea usté del mundo y se cuide; porque el Enemigo nos acecha por todas partes, para perdernos.”
En sus filípicas a María Antonia, Casimira repetía verbalmente trozos enteros de los sermones a que con frecuencia asistía en la vecina iglesia de las Vizcaínas.
María Antonia oía a su criada con sumiso respeto, más por sus años que por sus conocimientos y experiencia. Ella no conocía el miedo ni de vista. No podía figurarse cómo pudiera existir quien causara mal a otro, sólo por complacencia. —¿Quién me ha de hacer daño a mí, sin que le provoque y le ofenda? —pensaba la inocente criatura. Pero, no obstante su parecer optimista, obedecía fielmente a los consejos de la sirvienta.
Estaba a punto de sonar la Oración, cuando Casimira entró de la compra de la tarde, toda encandilada, como ella decía siempre que no distinguía claramente los objetos. Por lo mismo, no echó de ver que, junto a la puerta de la accesoria, había un bulto agazapado, el cual se escurrió dejando el paso libre a la fámula. Llamó ésta al zaguán, dando tres veces con la palma de la mano, como era la señal convenida; y antes de que María Antonia bajara a abrir, don Pedro se personó. Ambos se cambiaron palabras de salutación y hablaron de bagatelas. En éstas, se abrió la puerta, cerrándose instantáneamente tras de amo y criada.
A la cena, que era muy frugal en la casa de Ordóñez, seguía una escena de mimos entre marido y mujer, con la que don Pedro acostumbraba endulzar a su cara esposa la soledad en que solía dejarla noche a noche, mientras él iba a desaburrirse en alguna tertulia de amigos o en el café. “Voy a saludar a mi madre —decía—. La pobrecita me tenía como único compañero, por la noche; pues ya sabes que papá es algo trasnochador. Desde que me casé, se le hace muy triste la soledad. Tú me tienes siempre por tuyo, picarona; mientras que ella, la pobre…”
Don Pedro se iba primero a la casa de la pobre, a la cual decía invariablemente: “Vengo a darte las buenas noches y un beso; porque ésa es muy miedosa y se ha quedado solita. Te manda recados”. Y se iba a sus entretenimientos sin acordarse más de la picarona ésa, sino hasta que daban las diez.
María Antonia esperaba, noche a noche, a su marido en el balcón, ya echada de codos, ya sentada en una silla de costura. Entretenía el tiempo haciendo recuerdos de ayer, pues su corta edad no le había permitido almacenar recuerdos lejanos. Fantaseaba. Veíase en el amplio corredor de la casa de vecindad, donde había crecido, y era todavía morada de sus padres, rodeada de sus hermanitos menores y tal o cual amiga de infancia, jugando a la momita, o cantando canciones románticas, al compás de la guitarra, o echando ojeadas al patio, a ver si columbraba a aquél. Aquél era ya su esposo: don Pedro Ordóñez.
Persuadida de que su felicidad era completa, y esperando ya al hijo que encarnara el amor conyugal, ya no satisfecho con anhelos platónicos, María Antonia no se daba cuenta de la melancolía que la asaltaba al volver los ojos hacia atrás, a los primeros años de su vida. No sabía a qué atribuir esa sensación de encarcelamiento que la estrechaba en el nuevo hogar. Era algo así como si la hubiera descoyuntado y quebrantádole los huesos; como si le hubieran hecho en la cabeza un agujero, y echádole, por él, la mar de telarañas. Para no llorar, cuando sentía todo esto, la joven esposa cantaba canción tras canción hasta que llegaba don Pedro. Entonces bajaban del brazo; ella y Casimira, a abrir la puerta, y hacer al amo de la casa una recepción afable de bienvenida.
Esa noche María Antonia se sentía muy cansada: los huesos le dolían; los pies, que habían dado en hincharse últimamente, parecían querer reventarle.
Entre canción y canción, María Antonia, pensando descansar sus pies, calzándolos con las zapatillas de levantarse, fue a buscarlas a su buró. Al agacharse para cogerlas vio, a la media luz que permitía la delgada vela de sebo, un par de pies, toscos y descalzos, asomando debajo de la cama. De terror contuvo el grito que le subió a la garganta. Se agachó aún más, vio que los ordinarios pies pendían de un par de piernas cubiertas de calzón blanco, y que éstas correspondían a un hombre, que, echado boca abajo, estaba agazapado, en acecho, debajo de la cama. Empuñaba enorme cuchillo. Era un ladrón, preparado al crimen.
María Antonia recordó que esa misma tarde Casimira le había dicho que no dejara de mirar jamás, dentro de la tinaja, antes de acostarse; pues en ella solían esconderse los ladrones, cuando preparaban un buen golpe. A la pobre muchacha se le quería escapar el corazón. Su primer pensamiento fue pedir auxilio, huir a la calle con su criada; pero, madurando su dictamen y sacando del miedo mismo el valor que se necesita para ser héroe, empezó a tararear una canción enderezada a la luna, de las muchas de esta suerte que eran boga de la época. Se calzó las zapatillas sin precipitación y volvió a su puesto, en la silla costurera, sin dar muestras de haber visto al facineroso.
Más de dos horas duró la espera. Las que María Antonia contó con las pulsaciones de su corazón, y el latido de sus sienes, no caben en un siglo. Sentía la lengua estropajosa y la garganta reseca y dolorida.
Cuando, a la exigua claridad del farol de la esquina, cuya candileja, alimentada con aceite de manteca, empezaba a parpadear, distinguió la esposa la silueta de Ordóñez, las lágrimas se le agolparon a los ojos. Pero todavía tuvo el valor de no dejarlas asomar y reprimir la emoción que la ahogaba. Mirando hacia abajo, gritó clara y distintamente: “¡Ah!, ¿ya estás aquí, Perico? Aguarda que ya bajo a abrirte. Casimira, la llave, que ya está ahí el señor. Vamos pronto, porque el pobre parece estar muy cansado”.
Ama y criada bajaron, apoyada la una en el brazo de la otra, como ordinariamente lo hacían. Casimira abrió la puerta. Antes que dar paso a don Pedro, María Antonia arrastró fuera de la casa a la cocinera. En pocas palabras refirió lo que ocurría. Don Pedro cerró la casa dejando al asesino en ella, y mientras las mujeres corrieron a la esquina a pedir auxilio del guarda, el marido se quedó de atalaya, al pie del balcón, para cortar el vuelo al asesino, caso de que intentase la fuga, descolgándose por él.
—El valor del miedo es el que tiene mérito —decía María Antonia a Casimira, cuando la cocinera le recordaba el episodio del ladrón—. No es valiente el que desafía el peligro por desprecio a la muerte; sino el que, temiéndola, la confronta y la vence. ¡Cuando yo te digo, Casimira, que siento alas en vez de brazos y me creo capaz de empresas muy grandes! ¡Pero, tú, no me conoces, no me conoces!
“¡Ay! ¡si yo me decidiera a hacer lo que soy capaz!…”
* Del libro Semblanzas, publicado por la Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas de la Librería Paul Ollendorf, en París, 1910, págs. 139-154. Su libro es considerado patrimonio de la nación.

Laura Méndez de Cuenca (1853-1928), escritora precursora del feminismo en México, originaria de Amecameca, Estado de México. Incluida en El parnaso mexicano (editado por Vicente Riva Palacio) y en la antología Poetisas mexicanas (editado por José María Vigil). Poeta, periodista y narradora, visitó los Estados Unidos para considerar modelos educativos para jardines de niños en México. Invitada en el ciclo de conferencias del Ateneo de la juventud con un tema sobre Sor Juana Inés de la Cruz, el año en que publica Semblanzas en París



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