La estancia donde se cobijan las memorias

por Ezra Viveros

Llamada Al Olvido/Clamor De Olvido


El título del poemario es un manifiesto por sí mismo, pues expresa la paradójica dimensión vital del que desea olvidar padeciendo el olvido como ineludible fatalidad. En ese pathos, el poeta encuentra su ethos poético, además de lograr el tono preciso para contar esta historia que llama al olvido y clama de olvido todo a un tiempo.

El poeta nos enseña sus rituales: “Vino de ansias por ser envainado por tus entrañas” (pg. 13). Es la adicción al amado/amada, lo que incita al olvido como pathos, aquel que intentando olvidar, al final recuerda; aquel, quien, haciendo manifiestos delirantes sobre el olvido, no termina de olvidar, y de suyo, se encuentra descubriendo que, más allá de objeto del deseo amado, se es adicto a la perpetua condición del clamar de olvido y llamar a olvidar.

“Acuérdate de mí

Abróchame a tus heridas

Como un veneno que cura

Mordiendo la cicatriz

Hasta que (Yo) desaparezca” (pg. 21)

En el poema: (Sin nombre) II … Del silencio, (Pg 15). Nos topamos de súbito con la radical singularidad del poemario al encontramos unos versos con una estructura dicotómica que, por su superposición, puede dar lugar a dos poemas cuando el lector/a se aproxima a decidir por qué vía transcurre su lectura.

Este traslape de discursos poéticos no sólo es temático o figurativo sino estratégico, una forma muy original de la poli-vocidad discursiva que emana de la originalidad del autor. El lector no sólo es seducido por los encantos estéticos de la poesía, sino que se le pide su complicidad sin mordazas y sin tregua, él/ella arma los poemas y concluyen el trabajo poético en el acto mismo de la lectura. Este ingenioso desplazamiento le dota una singular fuerza connotativa que expande el sentido y amplifica la dimensión poética del texto.

Entre la soledad y la equivocidad se gesta el infinito, es decir, el universo poético del amor y el desamor, del encuentro y el desencuentro. Hay un fraseo no escrito que permea cada verso del poemario: La pérdida que conlleva el desamor nunca es absoluta. El gozo resultante del amor nunca es total. “Aunque los ojos se hayan debilitado, queda la mirada” (pg 25). Esta condición residual emana de una certidumbre del poeta: nunca se pierde todo ganando y nunca se gana todo perdiendo. “Soy tu melodía menguante la ruina de tu sacramento” (pg 22). Esta increpación ilustra la condición de hermosa ambivalencia vital que palpita en todos los pliegues del poemario.

                            “Escojo perderte bajo la continua mirada

                            Que acoraza a las muchedumbres” (pg 38)

Si la pérdida es un acto voluntario, entonces no es insólito que la dimensión de la nada no ocupe el espacio de privilegio estético sino el acto de elegir, que deviene reflejo no exclusivamente volitivo, sino primordialmente poético. Escoger perder es un hermoso acto de emancipación y, por lo tanto, un siervo del reino de la poiesis más que de la praxis. El universo del poeta se rige por las reglas de la libertad y la belleza radicales y soslaya intencionalmente la lógica de las proposiciones: “A la voz de la noche, cierran su boca los astros” (pg 31). En el universo del poeta las posibilidades se invierten y cobran forma en hermosas afirmaciones que subvierten todo orden establecido. “Hoy quiero decirte algo mañana” (pg 65).

Pero la decisión hacia la pérdida, es decir, el escoger perder, convierte al poeta en un naufrago que iza las velas para alejarse de sí para volver a sí, en un periplo incesante: “Aquí estuvo el héroe arrepentido de su atadura” (pg 40). Se es libre para volver a cometer los mismos crímenes amorosos de siempre “Cavernas ahogadas de corrientes recitan un olvido (tu nombre)” y transitar las mismas geografías eróticas:

“La luna posó bajo tus párpados henchidos de luz.

Volteaste y el mundo había alumbrado” (pg 41)

En la poesía de Manuel Monroy la geografía corpórea es el escenario de un erotismo que contiene todos los tiempos, que abarca todo el cosmos y que se repliega hasta la reconditez de lo no dicho aún, lo no sentido, y aún de lo no pensado:

“Me había llenado la lengua

De presencia

Todos los ayeres póstumos

La similitud con sueños afiebrados” (pg50)

Un atardecer puede contener todos los tiempos con una finalidad candorosa:

“La tarde es un tejido de las madres de los tiempos

Que descobijan el candor de pedregales filosos” (pg 31)

El azar, lo incógnito y el olvido se sincronizan en los encuentros con el ser que se ama convertidos en una lluvia de constelaciones:

“Llueven constelaciones

que dictan los azares

de nuestro encuentro

ya olvidado y escondido

en recovecos de incógnitas” (pg 44)

La amplitud del desvarío es la amplitud del horizonte. Transmutar los confines en presencia/espacio del amado/amada para posar la mirada en la extensión de su vastedad.  Para el que ama nunca la suficiencia es una finalidad.

“Extenderte hasta ser el paisaje

Donde pueda transitar la mirada”

(pg 56)

Lo recóndito es el encuentro de lo íntimo. Y es en el espacio de la intimidad donde se conservan los tesoros que son las memorias compartidas. Recordarme es recordarte. Recordarnos y, de cierto modo, custodiarnos en una mutualidad que no se agota con la ausencia:

“Posiblemente bajo el cielo

De preguntas sabes algo

De lo que he perdido

Y lo guardas” (pg 55)

Si a decir de Borges, el Aleph es «el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos«, en la geografía erótica de la poesía de Manuel Monroy se dibuja con gran nitidez esta idea, especialmente en las configuraciones del cuerpo del/de la que se ama. Una visión prismática que lo abarca todo desde todos los vórtices posibles y desde todos los sentidos en juego:

“Hasta la llamarada de todas las bocas

Que me hablan desde tu mirada”

 (pg 63)

“Nademos en los afluentes

De tu comunidad de arroyos

Llegaré adherido

a distancia poco profunda

al fuego de tus corrientes” (pg 69)

En uno de los muchos aforismos que son tratados poéticos/eróticos en sí mismos se lee

” El amor es un faro colectivo

Y un balbuceo sonámbulo” (pg 91)

A pesar de parecer una contundente declaración de principios de la poética subyacente, en realidad es una declaración a contracorriente de la mística del poemario. Aquí el amor es un juego de abalorios, el juego de juegos, cuyo culmen es el juego supremo de las palabras amorosas que declaran la novedosa radicalidad del lenguaje, para concebir formas inéditas de reencontrarse en el anhelo apasionado pero timorato que late en todo olvido de aquello que no puede ser olvidado:

“Sin (el) nombre…

Braman tus criaturas guturales

Poseedoras de las silabas subterráneas

De donde aflora

el enigma vertebral de tus espasmos” (pg 76)

¿Qué es el amor sino un enigma mayor?, ¿Qué es el olvido sino otra cara de ese enigma?, por eso, nacer la vida, es nacer los embrujos de los encuentros entre los amantes sempiternos:

“Vúlvate a mi

En el embrujo de tu exilio

En que nace de nuevo la vida” (pg 79)

Dejemos por el momento las meditaciones en torno de esta estancia donde se cobijan las memorias, vayamos a su encuentro en la lectura y, en palabras propias del poeta, esperemos pronto nuevos “Murmullos próximos de lo que habrás de decir”.

Ezra Viveros Soto cultiva la poesía como acto de emancipación y ejercicio deleitable de la libertad. Ha hecho estudios de Ingeniería, Psicología, Teología y Filosofía. Creció en el trópico veracruzano y es investigador consultor en Teoría crítica y Teoría de las organizaciones.

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