por Manuel Monroy Correa
El hilo de la muerte
Si las representaciones de la muerte fueran una simple mediación cultural, se diría que tienen una función social, política, de «ordenamiento» en la andanza ordinaria de los días frente a una fatalidad ineludible. También estética, si «acerca» amablemente lo que podría ser amenaza. Así «la muerte» es una abstracción que, si no está personificada –como realizando una acción, a la manera de la carta sin nombre del Tarot– entonces ciertamente es «fría»; inconsecuente con el sentido propio que caracteriza lo vivo.
El envejecimiento, como extensión de una vida siempre por morir y una muerte poco a poco más manifiesta –ese que hizo pensar a más de uno, desde tiempos inmemoriales, que nacer es estar ya muriendo– es el recipiente de una visión más cercana a una temporalidad cronológica. Lo súbito de la muerte será más consecuente con una cercanía siempre posible, aunque se tienda a interpretar como «ruptura» o diacronía: sorpresa que asusta y advierte.
Podría ser que, más por la última perspectiva que por la primera, la muerte nos parezca Señora del tiempo. Sería una aparición y no una voluntad. Si el paradigma interpretativo fuera el del desvelamiento hermenéutico, sin duda se hablaría de «sentido» en tanto que propósito (y muy cerca de la trascendencia). Si, en cambio, se despojara entre las grietas de tal afirmación, se diría que un «sinsentido» aguarda aun, no un misterio: un aparato, un vestigio, como el encuentro con algo venido a incomprensible u originalmente fuera de quicio; de proporción.
La muerte, en este último caso, sería una des-proporción, un des-figuro, un tejido del que no se ven los hilos, pero que lo está en la misma trama en la que se genera su aparente contrario (la vida) y que, aunque nos parezca así, no puede ser contrarios forzosamente si se hallan, muerte/vida, en la misma trama. Tal analogía permite fijar la atención en tal emparejamiento más que en el desconcierto mismo de su «unión». En otras palabras –y siguiendo la analogía–: con el resultado mismo del entramado más que con la naturaleza misma de los hilos.
¿Pero no es tejer ya una acción con el propósito de diseñar un objeto? ¿Quién usa el telar en el que muerte y vida se entraman? Está claro que se piensa de inmediato que alguien hace esto. En el mito, son las nornas y las moiras. Entre los pueblos, las mujeres. Al menos por el momento, no se trata de ligar a las realizadoras con un propósito. Apenas, forma permanente de lo indescifrable (las numerosas interpretaciones, contrapuestas o no, siempre estarán ahí), pues brindar una respuesta es traer a colación alguna petitio principii por el lado del esencialismo o la revisión histórica del carácter político de las hilanderas, por el lado histórico.
Vaguemos por el lado del presente, en el que la muerte se halla entre los hilos –por ser ella un hilo más– entremándose contituamente. Si sigue pensándose que la muerte es un singular –un hilo– y no diversos –como los discursos que la configuran: muerte natural o asesinato; muerte provocada o accidental, etc.– es algo que toca todos los otros hilos en algún momento. Hablamos de la muerte. Otro hilo sería el dolor. Otro, la alegría. Afectos y muerte. Afectos y vida. Todas las derivaciones forman el diseño que se va armando, una complejidad abundante. Es aquí donde entran las hilanderas, las tejedoras y narradoras; la oralidad. Es entonces que la muerte es, como nosotros: plantas, animales, minerales y objetos, capaz de hablar, de decidir, con mayor poder, sin duda, pero como uno de nosotros, no superior ni inferior que la vida misma por donde transita. La muerte aparece, si tiene algo que decir. La muerte es también un hecho del que se puede regresar a vivir, mediante los procedimientos más inverosímiles, como ella.
Si la muerte es como un hilo, si entramar es también hacer con los hilos lo posible, no podría decirse que actúa por sí misma la muerte. Si alguien puede ejecutar el fin de otras y otros, permite apreciar que no es siempre un personaje. Como el hilo, es algo que se puede producir en el mismo entramado con afectos y vida (matar por odio, matar por venganza). ¿No es siempre que entretejemos la muerte con todo lo demás? Hilanderos e hilanderas; asesinos y narradoras. La muerte es final producido o personaje. En este caso, distinto al mito, los hilos no se cortan porque no hay tantos hilos como vidas, sino que todas, todos, todes somos hilanderas, hilanderos, hilanderes. El propio entretejido con los afectos (en términos spinozistas: alegría, tristeza y sus derivados) son acciones de lo posible.

El telar de la paradoja
Siendo que la muerte se entreteje, puede decirse que se teje lo necesario. Es decir: lo ineludible. Aquí, la propiedad del hilo-muerte es esa. Tejemos nuestra propia muerte, sin duda: en el acto de entramarlo todo no somos espectadores. La propia producción de lo posible (en no saber qué diseño final tendrá el tejido, al contrario de una proporción repetitiva de nudos e hilos calculados en espera de ser usados en el patrón) es una producción de relaciones de hilos con huella propia en el telar. No es tanto la des-proporción de que el hilo de la muerte se entreteja con todos los demás, sino el del diseño posible, el cual no puede apreciarse como acabado ni puede asistirse a la progresión exacta de lo ya tejido, sino al entramado en perspectiva, desde la memoria, como algo que, sin embargo, sigue estando ahí. Es la paradoja temporal de que lo producido no puede ser apreciado al momento de estarse produciendo.
La paradoja es también la de entramar lo necesario en la urdimbre de lo incógnito. Mientras tejer así permite narrar (hablar, inclusive, la lengua perdida), esto es entender el tejido como relato del mismo. Pero la observación de la faz del tejido desde la paradoja es por parte de quien enuncia lo poético. Narración, además, poesía. Mas no una que exalta el tejido por el tejido mismo sino que se fija en las uniones; en los cruces de hilos de lo necesario y de lo incógnito. Un acto reflexivo y poético como la atención misma de esos momentos, de la construcción sincrónica desde puntos diacrónicos. Pero éstos son tan solo una apariencia. Hay sincronía ni diacronía como urdimbre y trama.
Tal como en un telar de cintura, propio de las comunidades mayas en México y en Guatemala, puede hacerse notar que el tejido final, de una pieza, es una configuración humana. Si tejemos la vida, lo hacemos también con la muerte en la urdimbre del tiempo, de lo inesperado. Es que ese hilo –indeseable, para muchos– parece haberse infiltrado. «Ya estaba ahí», era inevitable introducirlo en el entramado. Posiblemente, igual de engañosa puede ser dar por hecho que los hilos «estaban ahí» antes del tejido. De hecho, entre las personas de las comunidades maya, dedicadas a esto, preparar el hilo es algo que forma parte del tejido. Las mismas personas que lo hacen también son, en ocasiones, las que tejen. El hilo de algodón, la tinta que lo colorea venida de plantas y cortezas; el procedimiento mismo de extenderlo y prepararlo, en todo ello está involucrado lo elemental (la tierra, el fuego, al aire, el agua). Se trata de una performatividad compleja y que requiere tiempo.
Como relación de transformación, tejer no podría tener una función trivial. En el tejido maya, como en los bordados de otras regiones indígenas, se cuentan historias y se involucra el entorno en los relatos en los diseños.
Pero si como decíamos y regresando a nuestro asunto, el acto de tejer implica, poéticamente (puntual y precisamente) fijarse en los nudos y los cruces mismos que son entramado, la muerte tiene principio y final: comienza como un cruce de hilos con la «lanzadera», pero su forma final no puede apreciarse sino después, al momento de dirigir el hilo hacia el conjunto de lo ya tramado, por medio del «machete». Comienza, como todo lo demás: un hilo entre los otros, finalmente introducido en la trama.
El acto mismo de entramar implica una atención al momento de producirse pero no puede apreciarse sino después. Este aspecto temporal del tejido tradicional maya y sus instrumentos, considera que la cuestión no termina.

Poíesis del entramado
Los lugares por donde pasa el hilo de la muerte para entramarse, son como puntos en los que lo lóbrego emerge específico. Desde lo enigmático del «abandono» en el momento final de todo cuerpo y sus rituales hasta las enunciaciones poéticas de la muerte de las divinidades (desde el Volupsa hasta Ancia y Muerte sin fin). La muerte como expresión de la libertad; como genocidio; como motivo de sentido para la vida humana; como política de exterminio. Fin de todo y transformación en algo más, pero ya venido de una huella.
La muerte pasa por la urdimbre mediante la lanzadera y la acomodamos con el machete. La hilandera como la poeta; como los hacedores de ritos de paso; como los que ofrendan a los muertos; como los que corren peligro; como las que van a dar a luz y quienes van a nacer; como los que aguardan la misma muerte y dicen sus últimas palabras. Se aprende –usando las palabras de Idelana Godoy–:
En el paso instantáneo de la muerte
cuando nos deja atrás en su carrera
sin reflexión
hundidos
en perturbable estiércol.
Si en la premisa de ignorar algo que florece en plenitud (lo ya florecido que es la vida), la idea de un siempre haberlo comprendido demasiado tarde o, simplemente, no hallarse listos para quedarse en el silencio mortal, pareciera trágica si tal vida fuera «instituida y predecible» (I. Godoy). Llegar al momento es volverse liminar. Devenir liminar: cambio hacia un estado que solo puede concebirse en la misma vida, tanto como experiencia de lo insoportable y de la alucinación. Una vigilia extensa que pone en contacto con la viva verdad de las muertes de los otros, los violentados o nosotros, quienes la sufren. No es de balde citar, del poema Insomnio de Elsa Cross, una pregunta más después de preguntar «Madre de los descarnados ¿te has saciado de horrores?»:
¿Cuál es la mano
que mueve los hilos
en lo oscuro?
Los hilos, no los del títere solamente (el títere militar, policíaco, guardián, sicario); también los hilos que se meten en la urdimbre de lo probable: «¿Cuál es la mano […]?», pues está claro que alguien teje; alguien «trae» la muerte. Es entonces cuando puede ser vista trágicamente como madre, porque los engendra cuando se les quita
sin más
lo que tenían en las manos
la frase a medias
el pensamiento a medias
la vida a medias
No es aquel nudo o cruce de hilo que es la «putilla del rubor helado» con quien nos hemos ido al diablo o la innombrable carta de los arcanos mayores, signada por el número brujo del portal de todas las escenas mortales. Tampoco el que desciende al desencanto y se desliza a una nada pacífica por cuenta propia. Es el paso de hilo en la urdimbre del llamado Sur global y de la historia de todos los desventurados: el invierno de la Caza salvaje que ha dejado ser configurado por los dioses nórdicos y que ocupan ahora todos los malditos del poder. La muerte no es tan terrible porque parezca venir sino porque es una producción humana: se le entrelaza y se le machetea.
Es poíesis solo cuando no se aviene al nihilismo ni a los poderes de todo tipo, aun los de la enunciación. Es potencia, también, de lo posible como positividad. La liminaridad de su producción implica la disminución de los poderes y la desaparición de las jerarquías entre vivos y muertos; animales y plantas; reyes y plebellos; seres humanos y seres humanos…
La poíesis que va del hilado al entramado de la muerte es la atención al momento en que elaboramos su tejido como liminaridad: enunciamos contra su producción politizada; prospectamos la anulación del poder de los acólitos hematofílicos.

Obras citadas:
Cross, Elsa. Insomnio. Era, 2016.
Gorostiza, José. Muerte sin fin. SEP,
Godoy, Iliana. Seducir a la muerte, UNAM, 1993.

Manuel Monroy Correa (México, 1976), poeta heracliteano, según su propia designación. Autor de Auspicio (Casa Editorial Abismos, 2017), El [llanto del] crepúsculo (Hebel, 2017) y otros libros. Textos suyos han aparecido en revistas literarias y académicas, digitales e impresas. Tiene proyectos de pintura digital y de audio («Sonoremas»). Es doctorante en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana.
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