24. Jesús Jáuregui: Mare rostrum (sintagmas)*


*Ensayo incluido en el libro Filos de reserva, publicado este año por Beyond Dimensions y que inaugura la colección QUID de ensayo; compilado por Donovan Arteaga Ocampo, edición de Manuel Monroy Correa. Originalmente, este texto presentó el catálogo de la exposición digital Mare rostrum (sintagmas), del escultor, pintor y grabador Jesús Jaúregui, Bilbao, 2020.

por Josu Landa

La serie de rostros humanos que Jesús R. Jáuregui (Bilbao, 1957) expone, en esta ocasión, induce con fuerza a evocar la célebre intuición nietzscheana de que «cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira dentro de ti».

Hay una archiconocida y muy amplia metafórica dirigida a dar cuenta del semblante humano, desde muy diversos ángulos e intereses. No viene al caso considerar, aquí, ni siquiera las muestras más destacables de esa potente herencia simbólica. Bastará con apelar al motivo universal del rostro como puerta de paso a realidades que lo trascienden y a las que no se puede acceder directamente. En fin: la cara como el límite que se debe franquear, si se quiere tocar el fondo de la persona y aun de lo humano mismo, tras las interpretaciones a las que siempre está expuesta.

Con las obras que integran esta muestra, Jáuregui saca a la luz los frutos de su obsesión de fisiógnomo: su afiebrada inclinación a mirar tras las caras –o máscaras (más caras) da igual– que el espectáculo de la vida le ha prodigado. En esos parajes transfaciales, el ojo del artista se con-funde con el océano de abismos que es el género humano. En ese transmundo, la mirada demiúrgica del artífice otea las honduras de una sima turbia, un humus de ceniza y de rescoldos, que pugna con fuerza por brotar y resplandecer pese a que solo pueda hacerlo con un halo de sombra o de fulgor herido.

Aunque suene fuerte a ciertas sensibilidades desfallecientes de tanto vivir entre deformaciones –no pocas, con pretensión de gran arte–, Jáuregui nos viene ahora con un informe puro, vivo, sin ambages, de su propia alma. Viene con trozos de su espíritu templado en el tenue fuego de una mirada que, durante años, ha afrontado sin pestañear las caras perdidas que guarda el zompantli mexica, así como miles de rostros adyacentes, en apariencia vivos, aunque igual de vencidos por las crueldades del tiempo. Además, se ve que sus retinas mantienen alguna impronta del tratamiento dado por José Luis Cuevas a los fenómenos de gigantismo humano. Se diría que Jáuregui sigue obsedido, en especial, por la imponente escultura que el mexicano tituló «La Giganta».

La familiaridad –y aun identificación– del ojo que ve con las abigarradas profundidades de la existencia solo puede proceder de una subyugación, a la par intensa y sostenida, por lo más inconfesablemente humano. Así es como –en cumplimiento de la ya referida visión nietzscheana– esa fosa en la que chapoteamos en ilusión de vida alcanza el alma del artífice, al modo de una mirada brotante en ella y, por fuerza, oscura. Eso explica que el escrutinio fascinado y continuo de tantas caras se convierta en un mar de rostros ínsitos en las entrañas del artista.

El hecho de haberse fijado en la cauda omnipresente y eterna de caras en que estamos inmersos habla muy bien de la perspicacia de Jáuregui. Según los entendidos, la palabra ‘rostro’ viene directamente de la latina rostrum, que a su turno procede del verbo rodere: roer. La voz ‘rostro’ nombra así lo que, en animales diversos, opera como formaciones biológicas que facilitan los actos de roer, morder, hozar, picar y afines, como los picos de las aves, los hocicos de los perros, los belfos de los caballos, las jetas de los jabalíes, las fauces del tiburón duende… y, claro está, aquello que, en la faz del humano, permite deglutir lo que nos sostiene con vida. Por mucho que un semblante ofrezca una tonalidad de inocencia o incluso fulja como encarnación inmediata de lo bello, no se puede negar que en él reside la punta, el dispositivo liminar con el que nos apropiamos con violencia mortal de lo viviente, para poder vivir nosotros. Acaso las imágenes que Jáuregui plasma en el papel y que manan de su alma curtida en el asombro y la revelación, vienen a ser el registro opaco del nexo entre el rostro humano y la canibalidad de fondo que, en general, constituye a lo que vive.

Pero estamos ante una muestra de arte del más alto nivel, que es lo importa, más allá de lo que el artista pretenda comunicar. Estamos ante una obra con la que el propio Jáuregui se ha superado a sí mismo, como si todo lo que ha hecho hasta ahora –que no es poco y también es de primera categoría– pareciera una suerte de avance en zigzag, a modo de ensayo-error-perfeccionamiento, que en este momento cimienta la sustancia y la forma de una expresión original, segura de sí, pregnante en grado sumo.

Jáuregui no oculta su deuda con el Goya de los Caprichos y de los cuadros relativos a los desastres de la guerra contra la dominación napoleónica. Sin embargo, el artista vasco no trata de estampar facciones que descubran almas desesperadas, sino el talante raigal tras cada camuflaje facial sometido a su agudo y persistente escrutinio.

Por su parte, Jorge Oteiza y Néstor Basterretxea siguen latiendo en la identidad formal de Jesús Jáuregui, pero más al modo de maestros de consistencia artística y de virtuosismo técnico que de oficiantes de simbólicas e ideales programáticos un tanto diluidos en el tiempo.

El espectador avezado tal vez capte cierto aire de familia entre este este ‘mar rostro’ de Jáuregui y los procedimientos –en general, ‘des-figurativos’– de Bacon. No obstante, el bilbaíno no trata de registrar estados de ánimo o situaciones límite detectables en las caras de tantos seres anónimos lacerados por la acedia existencial, el vacío de un sinsentido aniquilador, en las sociedades neomodernas. Más bien, Jáuregui no parece conformarse con menos que la intuición pura del rostro en sí, el avatar de la faz universal sito en cada semblante de los que pululan por doquier.

La técnica de Jáuregui está al servicio de esa ambición. En un hábitat artístico, por lo general, dominado por el menosprecio de la téchne, de la ars: el saber hacer virtuoso capaz de forjar obras de probado valor estético, el autor de estas piezas se esmera al máximo por que el rigor técnico y la calidad formal que traslucen esté a la altura de las visiones de que dan cuenta.

Jáuregui logra con creces ese resultado irrenunciable por medio de la combinación de diversos procedimientos, tanto naturales como artificiales: la mano que dibuja con llaneza y lucidez los bocetos básicos sobre texturas convenientes, la cámara fotográfica que entremezcla su quántum de luces y sombras con esos trazos, el escáner que permite al autor explorar, tantear opciones de definición penúltima, hasta dar con lo que sus criterios demiúrgicos le autorizan a establecer como la imago definitiva. La cláusula ‘obra gráfica sobre papel’ –que es con la que, con frecuencia, se suele caracterizar a piezas como las que ahora presenta Jáuregui– no alcanza a nombrar lo que luce como sintagmas visuales:  formaciones surgidas de una compleja armonización de procesos, instrumentos y procederes técnicos, es decir, radicalmente artísticos.

Sostener la mirada ante las Potencias –sean dioses, sean diosas– y ante los abismos es un acto en extremo arriesgado. Mare rostrum prueba que Jesús Jáuregui ha pasado la difícil prueba de manera suprema.

Imágen de Jesús Jáuregui usada con el permiso del autor.

Josu Landa es filósofo y poeta. Ejerce la docencia en la UNAM.

Entre los libros de su autoría resaltan Poética, Canon city, Platón y la poesía, Teoría del caníbal exquisito y Éticas de crisis: cinismo, epicureísmo, estoicismo. También es autor de once poemarios, entre los que destaca Treno a la mujer que se fue con el tiempo, y el más reciente de los cuales es Mundo Neverí.

En 1996, le otorgaron el Premio Carlos Pellicer de Poesía. En 1997, recibió la Orden Andrés Bello. Ha sido becario del DAAD en Alemania. Ha pertenecido, en tres ocasiones, al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.

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