PanteĆ­smo del Libro.

Edmond JabĆØs y la escritura hacia su doble presencia.

por Manuel Monroy Correa

El libro es el trabajo del lenguaje sobre sí mismo: como si fuese necesario el libro para que el lenguaje tomase conciencia del lenguaje, se capte y se acabe en razón de su inacabamiento.

M. Blanchot. «La ausencia del libro» en El díalogo inconcluso.

No tenemos otra realidad que aquella que nos confieren los libros.

Es tambiƩn una de las vƭas del judaƭsmo.

E. Jabes. Del desierto al libro.

¿Y por qué se la sitúa [al signo de acentuación zarkÔ] siempre hacia el fin de una palabra y no al comienzo?

Rabƭ NeuniƔ ben HaKanƔ, SƩfer haBahir

ĀæSerĆ” ocioso aĆŗn preguntar de un texto, en tanto que tal, Ā«quiĆ©n es el autorĀ»? Hacerlo implica transitar por ese texto como si fuera un rastro total… El autor se desvanece en la estructura material de las palabras impresas. Ɖstas son el demiurgo del mundo imaginario dialógico, condicionado por ellas, que son ya libro y sonoridad en solitario. El autor material es el mismo libro o la obra, preeminentes. Eso que Maurice Blanchot denominarĆ” Ā«la ley del libroĀ», es decir, una temporalidad que se da como lectura y presencia:

Sin embargo el libro convertido en obra […] es mĆ”s libro que los otros y a la vez estĆ” ya fuera del libro, fuera de su categorĆ­a y fuera de su dialĆ©ctica. MĆ”s libro […] la obra pretende una singularidad: Ćŗnica, irreemplazable, es una cuasi-persona […] se puede decir que la obra vacila entre el libro, medio del saber y momento evanescente del lenguaje, y el Libro, elevado hasta la MayĆŗscula, la Idea y lo absoluto del libro –y luego entre la obra como presencia y la ausencia de la obra que siempre escapa y donde el tiempo como tiempo se desarregla.

(Blanchot El diƔlogo inconcluso, 650).

Este ausencia de libro se vuelve sentido existencial de escritura de sĆ­ –presencia–, cuando la Obra (con mayĆŗscula) es una alteridad (exterioridad en tĆ©rminos de Blanchot). La escritura, para Blanchot, parece tener una especie de sentido que supera su concreción editorial: Ā«Escribir no tiene su fin en el libro o en la obraĀ» (El diĆ”logo inconcluso), sino en la alteridad porque Ā«siempre escribimos en nombre de la exterioridad de la escritura contra la exterioridad de la ley [del libro], y siempre la ley saca recursos de lo que se escribe […] La escritura […] autoriza a remontarse, a partir de algĆŗn signo o vestigio, sólo a ella misma como (pura) exterioridadĀ» (651-652). Esta conocida autoreferencialidad se hace eco en la respuesta que el poeta egipcio Edmond JabĆØs diera al habĆ©rsele interrogado sobre el gĆ©nero literario de su poema El libro de las preguntas:

[…] me encuentro literalmente sumergido en su materia. Es como si una multitud de posibles libros esperase ver la luz. QuizĆ”s, esta materia sea el Ā«libro absolutoĀ», aquĆ©l en el que se fundieran todos los libros de los que fuĆ©semos capaces. Esta no es, en verdad mĆ”s que un vasto rumor ininteligible, al no ser formulable pero que, al menos, parece poder serlo. Quiero preservar esta materia a toda costa, el mayor tiempo posible, en estados de caos desde el mismo umbral del libro, con el fin de que el lector pueda, tambiĆ©n Ć©l, asir al nacimiento de la obra.

(JabĆØs Del desierto al libro 65-66).

Estas palabras hacen pensar al autor como un anfitrión que abre la puerta-pÔgina del libro y nos conduce al inicio de ese «caos» que tan sólo las palabras sugieren; nos invita, también, como lectores, a escribir, es decir, a asistir a la alteridad del libro mismo como objeto o aparente «resultado» del devenir de la escritura. En términos de Maurice Blanchot, se asiste a la ausencia del libro, aunque sea tan sólo por un instante, aunque sea, también, imposible: «Tú eres el que escribe y es escrito», dice Jabès, con el epígrafe que inaugura El libro de las preguntas. Jabès admite que en toda escritura hacia un texto que se conformarÔ como obra, «sólo subsisten algunas frases. A partir de ellas se construirÔ finalmente el libro» (Jabès Del desierto al libro).

En palabras de JabĆØs, el libro nace del fragmento y el fragmento se encamina, desde su materialidad, a algo que le sigue que es su propia alteridad como algo que siempre estĆ” por hacerse Ā«totalĀ», aunque tan solo sea de forma posible. En otras palabras: escribir con pluma y papel –o algĆŗn dispositivo, se agregarĆ­a hoy, una mediación, finalmente–; comenzar la obra de esta manera, es presenciarse en el precedentede aquella Obra y aquel Libro que tanto sugiere Blanchot. Pero no se detiene ahĆ­ y JabĆØs sabe que, aunque quiere preservar ese Ā«caosĀ», en el libro no lo restituye: Ā«soy muy consciente de ello puesto que es preciso pasar por el filtro de la escrituraĀ» (JabĆØs Del desierto al libro, 66). La escritura es una mediación de lo que en el libro apenas asoma como concreción; como inteligibilidad. A travĆ©s de esta presencia se procura ambiciosamente llegar a lo que estĆ” parece ausente aĆŗn: al Libro, a la Obra .

Escritura y mĆ­stica del Libro

Maurice Blanchot considera dos escrituras: «una blanca, otra negra, una que hace visible la invisibilidad de una llama sin color, otra que la potencia del fuego negro hace accesible en forma de letras, caracteres y articulaciones» (Blanchot El diÔlogo inconcluso 656). ¿Es ese «filtro» del que habla Jabès? Muy posiblemente, si consideramos que para ambos autores la Biblia y la tradición oral del judaísmo rabínico son el paradigma de toda escritura. Blanchot sitúa TorÔ escrita y TorÔ oral en una relación a partir de esta escritura de fuego negro. La oralidad se sitúa también en la presencia por ser espacio y tiempo:

el desarrollo o la mediación tal que asegura el discurso que explica, acoge y determina la neutralidad de la inarticulación incial. La ā€œTorĆ”h oralā€ por lo tanto no estĆ” menos escrita, pero se dice oral, en el sentido de que, siendo discurso, ella sola permite la comunicación en otras palabras, el comentario, el habla que tanto enseƱa como declara, autoriza y justifica.

(656).

Solo es el predominio de una escritura que hace que el sentido brote, mientras que la oralidad abre las puertas del texto primordial, como dirĆ­a Blanchot: a la TorĆ” escrita nada le precede. La MishnĆ”, el Talmud, los midrashim son, entre otros, mundos interpretativos alrededor del cuerpo de libros que componen la Biblia hebrea. El trabajo de comentar es de elucidación e interrogación; de hallar en el ingenio una respuesta posible, entre otras, al sentido prĆ”ctico de un texto milenario. Libertad de interpretación y, a la vez, sobriedad y laboriosidad en el estudio del texto bĆ­blico, caracterizan la actitud bĆ”sica del rabinismo frente al texto. Una actitud de bĆŗsqueda en un texto que estĆ” cerrado (canonizado) con la Ā«convicción de que Dios con la Ley entregada en el SinaĆ­ ha manifestado ya a los hombres toda su voluntad y para siempreĀ» (PĆ©rez FernĆ”ndez Ā«AportaciónĀ» 284). Se trabaja sobre algo hecho sagrado y revelado, eterno, pero con actualidad temporal, de una manera en la que la interrogación misma, que es el estudio de su carĆ”cter vivo, relacionarse con lo divino porque Ć©l mismo se halla en esa palabra atribuida como suya. Dicho en palabras de un exĆ©geta moderno: Ā«Cuando aprendes la TorĆ”, ā€˜meditas’ sobre la palabra divina, dejas de creer, por asĆ­ decirlo, en el medio escrito que te separa del autor de esa palabra y te imaginas a ti mismo hablando directamente con Dios, escuchĆ”ndolo […] la palabra encarna la viva realidad de DiosĀ» (Hartman La tradición interpretativa 23). De otra manera, Edmond JabĆØs alude a esto, diciendo: «¿Comenzar no es forzar a Dios a hablar hasta en su silencio o, mĆ”s bien, hacer resonar esta palabra de tal forma que el diĆ”logo sea jamĆ”s interrumpido?Ā» (JabĆØs Del desierto al libro 98). Los rabinos, en un relato hagĆ”dico (legendario) del midrĆ”sh Devarim RabĆ” (8:6), enseƱan que deben tomar sobre sĆ­ el papel de quienes aclaran el sentido del texto porque Ā«la TorĆ” no estĆ” en el cieloĀ», sino que se muestra en la interpretación y la actualización de su lectura.

En El libro de las preguntas subyace la estructura del comentario y la discusión rabínicos del Talmud y libros cabalísticos como el Séfer HaBajir. La razón de haberse configurado en él, para Edmond Jabès, tiene el valor existencial de la interrogación en el seno de la discusión rabínica, dice: «todo se desarrollaba como si el escritor interrogase al rabino y el rabino al escritor; teniendo los dos la misma obsesión por el libro» (Del desierto al libro 99). Pero no es solamente un aspecto situado en el tiempo de la historia judía o, simplemente, de manera particular en la vida del poeta egipcio o bien, un rasgo cultural que influye en la obra. Resulta que la obra parte de la condición existencial del judío como extranjero, pero también, en Jabès, como escritor y, por lo tanto, del mismo Libro de las preguntas. Memoria de ser judío, extranjero y escritor: brindar el sentido a esa existencia triple como historia, alteridad y comentario a un Libro que lo abarca todo, que inclusive llega a identificarse con el dios hebreo y del cual sólo se sabe mediante la escritura. Escribir es asimismo un estado: el de la extranjería. Ser extranjero es ser ya judío. Las palabras de los rabinos de la obra, discutiendo, a la manera de los del Talmud, las razones del libro, la pÔgina, la escritura; el otro y el yo judío, es fragmentada y aislada. Ningún rabino se repite en el poema de Jabès. Nadie, pues, dice lo mismo y esta diversidad pone a todos ellos y al lector, en el escenario de un universo que es, de nuevo, el libro:

«Estamos muertos, ¿no lo ven?, decía Reb Safir. Morir es abrazar al fin la propia condición del extranjero. ¿Quién mÔs extranjero que un hombre difunto?

”Ah! Los muertos son todos judíos; extranjeros para los demÔs y para ellos mismos.

En el momento de morir, no cabe sino sentirse judĆ­o.

Pueblo primogénito de edad igual a la del camino, nosotros omos el otro lugar, el mÔs allÔ o el mÔs acÔ. El futuro-pasado, o sea, la eternidad, el infinito; el chal de estrellas, de sol, de moledores al viento.»

Y Reb Areb: «La solidaridad judía es la imposible pasión que el extranjero puede experimentar por un extranjero».

(JabĆØs El libro de las preguntas, 205)

De manera abierta, dicha fragmentación, completada por el lector es, al mismo tiempo, algo que Ć©ste nunca cierra porque tampoco tiene una respuesta o un sentido final del Libro del que se habla. Sin embargo, en este discurso, la enunciación parece ser un medio clave para el soporte fenomĆ©nico de una obra que pretende partir de la materialidad del libro y de su letra hacia una alteridad. El libro enuncia al Libro y es Ć©l mismo enunciación: Ā«Si Dios es, es porque Ɖl estĆ” dentro del libroĀ» (1993, 37). Sólo que, en este caso, la enunciación es producida por la escritura.

Relación especular, donde el origen del habla del libro es ella misma escritura en el tiempo del lector. Dicho de otra forma: leer El libro de las preguntas implica escribir –discurrir– el Libro y, al mismo tiempo, leerse en ese Ā«ser judĆ­oĀ» como forma tĆ­pica de lo otro, lo extranjero, del Libro. El libro de las preguntas es, pues, escenario de sĆ­, oralidad y textualidad(Biblia/TorĆ”, como conjunto de libros y transmisión, al mismo tiempo de una halajĆ” del sentido que debe tomar la misma palabra y la lectura; una hagadĆ” de la vida frente al mal –la de los personajes Sara y Yukel– y un comentario de rabinos vaciados en su presencia irrepetible y sus palabras). El libro actĆŗa sobre sĆ­ en sus partes: se antecede (Ā«En el umbral del libroĀ»), se pliega (Ā«El regreso al libroĀ»); incluye a otros (Ā«El libro ausenteĀ», Ā«El libro del vivienteĀ», Ā«El libro de YukelĀ»). En la lectura se lee al otro como escritura. A la vez, el libro se vuelve comentario, cuando los rabinos y el narrador discuten sobre el libro mismo y todo lo que contiene. Comentario que es escenario, acción, actor; estructura completa de una comunicación que lo incluye, como la TorĆ”, todo y es todo. El Libro, panteĆ­sta y escapando del sentido porque es un mĆ”s allĆ” del libro o su ausencia:

(Y Reb Fehad contó:

«Me introduje en la multitud y pregunté: ¿Dónde estÔ el Libro?

Un hombre que estaba entre la multitud me contestó: Estaba en mis manos.

Me acerquƩ al hombre y pedƭ: MuƩstrame el Libro.

El hombre se rió y dijo: Lo tiré al río para que el agua lo leyese.

Entonces, dije: La tierra proporcionó las hojas. El fuego y el agua lo escribieron.

”Ay” El hombre ya no estaba».

Y Reb Askol explicó: «Los dos erais las palabras del Libro».)

(JabĆØs El libro de las preguntas 310)

Como Libro, lo es de la vida, conformado por los elementos del mundo; ya desaparecido, cuyo Ćŗnico vestigio es el ser humano –sus palabras y las palabras de este–, parece ser aquello por lo que siempre se espera: la constancia de ser, la escritura y Su obstinada anulación. Si algo queda autorizado, justificado aquĆ­ –a decir de M. Blanchot–, cuando el Libro vuelve a una Ā«oralidadĀ» de la existencia, es la imposibilidad de su no escritura: la explicación final de Reb Askol vuelve a comentar sobre la disolución del Libro que permanece escribiĆ©ndose en esa escritura de fuego negro en el que lo otro de su materialidad, anterior a su escritura formal, siendo siempre un no dejar de ser obsesivamente interrogación y desaparición. El Libro es lo Ćŗnico que parece no morir mas no por la falta de un posible autor –elemento, ademĆ”s, fuera de la cuestión– sino porque se define como escritura posible de un volver a ser Libro como resto y escritura en su doble, el comentario, la explicación de su desaparición.

Este sería el mayor rasgo de su incompletitud como carÔcter íntimo: palabras dichas y palabras ausentes o desaparecidas. Quien arroja el libro desaparece después de su mensaje final. Quien permanece, hace de la incógnita un diÔlogo del cual nace la escritura negra del Libro, el comentario de su ausencia; el acontecimiento de su negatividad.

Fuentes usadas:

Blanchot, Maurice. El diƔlogo inconcluso. Monte Ɓvila: Caracas, 1996.

Hartman, David. La tradición interpretativa. Lilmod: Buenos Aires, 2006.

JabĆØs, Edmond. Del desierto al libro. Entrevistas con Marcel Cohen. Trotta: Madrid, 2000.

– – . El libro de las preguntas. Siruela: Madrid, 1990.

Pérez FernÔndez, Miguel. «Aportación de la hermenéutica judaica a la exégesis bíblica» en Hermenéutica y métodos exegéticos II, Universidad de Navarra, pÔgs. 283-306.

Manuel Monroy Correa (MĆ©xico, 1976), poeta heracliteano, segĆŗn su propia designación. Autor de Auspicio (Casa Editorial Abismos, 2017), El [llanto del] crepĆŗsculo (Hebel, 2017) y otros libros. Textos suyos han aparecido en revistas literarias y acadĆ©micas, digitales e impresas. Tiene proyectos de pintura digital y de audio (Ā«SonoremasĀ»). Es doctorante en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana.

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