por Lorena Noriega
DĂa dos
Y sin embargo, un instinto oculto me exigĂa la bĂºsqueda de la soledad,
me exigĂa vivir aparte, como un ser diferente.
– Yukio Mishima
Salgo de mi departamento y frente a mĂ hay unas escaleras que me llevan a un jardĂn. El jardĂn estĂ¡ plantado en una pendiente. Hay Ă¡rboles frutales. En medio del jardĂn hay un durazno joven. AĂºn es un retoño. Sus hojas estĂ¡n verdes y brillantes. Escucho una voz femenina que me dice –¿Me ayudas a regar mi Ă¡rbol? – . Volteo alrededor mĂo y no veo nada. Regreso a mirar el Ă¡rbol y ahĂ estĂ¡ una mujer de cabello oscuro y largo; ojos con expresiĂ³n de tristeza profunda tambiĂ©n negros; con un vestido largo y ceñido de color blanco. Su vestido es de un blanco resplandeciente. Sobre su cabeza tiene una corona de flores. Tal vez margaritas. Me mira y vuelve a repetir la misma frase pero sin mover los labios. Su visiĂ³n me aterra. Me volteo y regreso lentamente hacia mi casa. Entro por la puerta y, aunque no la veo, puedo saber que sigue ahĂ parada en medio del jardĂn. Camino unos pasos mĂ¡s y cuando estoy frente a mi sillĂ³n siento que se acerca detrĂ¡s mĂo. Volteo y ahĂ estĂ¡, frente a mĂ. Me toma del cuello e intenta ahorcarme. Puedo saber que se trata de un demonio. En ese momento me parece totalmente claro. DespertĂ© empapada en sudor, el cuello me dolĂa. Me habĂa quedado dormida en el sillĂ³n. AĂºn era de madrugada. Mi corazĂ³n, una vez mĂ¡s, palpitaba fuertemente. Me levantĂ© del sillĂ³n aturdida. Mi garganta ardĂa como si hubiera estado gritando. La sentĂa seca. Fui a la cocina tomar un vaso de agua. No quise recapitular mi sueño, pero aparecĂa de todas formas en mi mente: la mujer, el Ă¡rbol, la mirada triste. Me metĂ al baño para lavarme los dientes y, en cuanto prendĂ la luz, me mirĂ© en el espejo y pude ver en mi cuello moretones. Las huellas de las manos que me habĂan ahorcado unos instantes atrĂ¡s. Esto iba mĂ¡s allĂ¡ de lo que habĂa experimentado antes. Ya no podĂa tratarse de coincidencias como habĂa intentado creerlo durante todo este tiempo. Esto tenĂa que parar ya. TenĂa que acabarse, antes de terminar conmigo. TomĂ© del botiquĂn dos pastillas herbales para relajarme los nervios y me fui a mi cuarto a acostarme. Cuando lleguĂ©, me quedĂ© inmĂ³vil al ver sobre mi almohada dos margaritas colocadas en forma de V. Ya no estaba segura ni en mi propia cama, ¿quĂ© podĂa hacer ahora? Los sueños me estaban persiguiendo. QuerĂan apoderarse de mĂ, de mi entorno, de mi vida. Me dejĂ© caer en el suelo y comencĂ© a llorar. Me lamentaba por la situaciĂ³n; por la impotencia de no saber quĂ© hacer; de no entender lo que estaba pasando. ¡CuĂ¡ntas veces habĂa estado en este tipo de situaciĂ³n! Impotencia, rabia… RecordĂ© los momentos cuando me encontraba sola en el patio de la escuela. En el momento del recreo, veĂa como todos los demĂ¡s niños jugaban. CorrĂan, brincaban. Yo esperaba que me invitaran. No sabĂa cĂ³mo acercarme; cĂ³mo llamar su atenciĂ³n, asĂ que me limitaba a quedarme ahĂ sentada en una esquina, a la espera de que me notaran. Nunca sucedĂa, asĂ que comencĂ© a inventarme juegos que se llevaban a cabo en mi mente. AsĂ me la pasaba, metida en mis juegos, hasta que algĂºn pelotazo me despertaba y me traĂa a la realidad. –Eres rara– es algo que oĂa muy a menudo. Todos estaban de acuerdo de que era rara pero nadie se atrevĂa a investigar por quĂ©. Nadie hablaba conmigo o me preguntaba cĂ³mo me sentĂa. Tal vez era porque a nadie le interesaba. Todos estaban preocupados por sus vidas: cumplir sus metas, tener amigos. Uno que otro se preocupaba por sacar buenas notas. Los maestros tampoco se preocupaban por mĂ; al contrario, para ellos era mejor tener una niña tan tranquila como yo. No platicaba en clases, no gritaba, no hacĂa desorden; es mĂ¡s, era como si no existiera. AsĂ que yo representaba un niño menos. PasĂ© por mi educaciĂ³n bĂ¡sica sin dejar huella, ni un recuerdo. O tal vez, si cierto dĂa alguno de mis compañeros me recuerda, simplemente dirĂ¡n –en mi salĂ³n habĂa una niña muy rara, no me acuerdo cĂ³mo era, pero era rara–. Me acostumbrĂ© a que pensaran asĂ de mi. Al principio me avergonzaba que los demĂ¡s me vieran como algo extraño, pero con el tiempo lo aceptĂ© y ya no me importĂ³. El aceptarlo me dio la libertad de poder comportarme de la manera que yo querĂa hacerlo: vestirme con colores brillantes y con combinaciones distintas. Ya no me importaba lo que pensaran, disfrutaba combinando mi ropa. Claro que tuve instantes de lucidez en los que tratĂ© de salir de mi refugio para integrarme con los demĂ¡s niños de mi edad, pero siempre era rechazada y enviada con mayor fuerza a mi ocultamiento. DespuĂ©s de rememorar mis tristes recuerdos, me calmĂ©. El llanto cesĂ³ porque no era la primera vez que me sentĂa como hoy. Me sentĂ© en la cama y volteĂ© a ver nuevamente las margaritas en mi almohada. EstirĂ© mi brazo y las tomĂ©. Las deshojĂ© con mis dedos y decidĂ que, si bien era perturbador, lo que me ocurrĂa podĂa verse desde una perspectiva mĂ¡s favorable. Esas margaritas demostraban que, al menos para mĂ, habĂa un mundo mĂ¡s allĂ¡ de la realidad que se iba abriendo paso lentamente y que me invitaba a entrar en Ă©l. No podĂa resistirme mĂ¡s. Las oportunidades se abrĂan por delante. El deseo de explorar lo inexplorado, de sentir sensaciones ocultas, era mĂ¡s fuerte que mi temor. AsĂ que apartĂ© las cobijas y me acostĂ© en mi cama, lista para dormir.





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