Umbral OnĂ­rico III

por Lorena Noriega

DĂ­a dos

Y sin embargo, un instinto oculto me exigĂ­a la bĂºsqueda de la soledad,

me exigĂ­a vivir aparte, como un ser diferente.

– Yukio Mishima



Salgo de mi departamento y frente a mĂ­ hay unas escaleras que me llevan a un jardĂ­n. El jardĂ­n estĂ¡ plantado en una pendiente. Hay Ă¡rboles frutales. En medio del jardĂ­n hay un durazno joven. AĂºn es un retoño. Sus hojas estĂ¡n verdes y brillantes. Escucho una voz femenina que me dice –¿Me ayudas a regar mi Ă¡rbol? – . Volteo alrededor mĂ­o y no veo nada. Regreso a mirar el Ă¡rbol y ahĂ­ estĂ¡ una mujer de cabello oscuro y largo; ojos con expresiĂ³n de tristeza profunda tambiĂ©n negros; con un vestido largo y ceñido de color blanco. Su vestido es de un blanco resplandeciente. Sobre su cabeza tiene una corona de flores. Tal vez margaritas. Me mira y vuelve a repetir la misma frase pero sin mover los labios. Su visiĂ³n me aterra. Me volteo y regreso lentamente hacia mi casa. Entro por la puerta y, aunque no la veo, puedo saber que sigue ahĂ­ parada en medio del jardĂ­n.
Camino unos pasos mĂ¡s y cuando estoy frente a mi sillĂ³n siento que se acerca detrĂ¡s mĂ­o. Volteo y ahĂ­ estĂ¡, frente a mĂ­. Me toma del cuello e intenta ahorcarme. Puedo saber que se trata de un demonio. En ese momento me parece totalmente claro.

DespertĂ© empapada en sudor, el cuello me dolĂ­a. Me habĂ­a quedado dormida en el sillĂ³n. AĂºn era de madrugada. Mi corazĂ³n, una vez mĂ¡s, palpitaba fuertemente. Me levantĂ© del sillĂ³n aturdida. Mi garganta ardĂ­a como si hubiera estado gritando. La sentĂ­a seca. Fui a la cocina tomar un vaso de agua. No quise recapitular mi sueño, pero aparecĂ­a de todas formas en mi mente: la mujer, el Ă¡rbol, la mirada triste. 
Me metĂ­ al baño para lavarme los dientes y, en cuanto prendĂ­ la luz, me mirĂ© en el espejo y pude ver en mi cuello moretones. Las huellas de las manos que me habĂ­an ahorcado unos instantes atrĂ¡s. Esto iba mĂ¡s allĂ¡ de lo que habĂ­a experimentado antes. Ya no podĂ­a tratarse de coincidencias como habĂ­a intentado creerlo durante todo este tiempo. Esto tenĂ­a que parar ya. TenĂ­a que acabarse, antes de terminar conmigo. TomĂ© del botiquĂ­n dos pastillas herbales para relajarme los nervios y me fui a mi cuarto a acostarme. Cuando lleguĂ©, me quedĂ© inmĂ³vil al ver sobre mi almohada dos margaritas colocadas en forma de V. 
Ya no estaba segura ni en mi propia cama, ¿quĂ© podĂ­a hacer ahora? Los sueños me estaban persiguiendo. QuerĂ­an apoderarse de mĂ­, de mi entorno, de mi vida. Me dejĂ© caer en el suelo y comencĂ© a llorar. Me lamentaba por la situaciĂ³n; por la impotencia de no saber quĂ© hacer; de no entender lo que estaba pasando. ¡CuĂ¡ntas veces habĂ­a estado en este tipo de situaciĂ³n! Impotencia, rabia… RecordĂ© los momentos cuando me encontraba sola en el patio de la escuela. En el momento del recreo, veĂ­a como todos los demĂ¡s niños jugaban. CorrĂ­an, brincaban. Yo esperaba que me invitaran. No sabĂ­a cĂ³mo acercarme; cĂ³mo llamar su atenciĂ³n, asĂ­ que me limitaba a quedarme ahĂ­ sentada en una esquina, a la espera de que me notaran. Nunca sucedĂ­a, asĂ­ que comencĂ© a inventarme juegos que se llevaban a cabo en mi mente. AsĂ­ me la pasaba, metida en mis juegos, hasta que algĂºn pelotazo me despertaba y me traĂ­a a la realidad.
–Eres rara– es algo que oĂ­a muy a menudo. Todos estaban de acuerdo de que era rara pero nadie se atrevĂ­a a investigar por quĂ©. Nadie hablaba conmigo o me preguntaba cĂ³mo me sentĂ­a. Tal vez era porque a nadie le interesaba. Todos estaban preocupados por sus vidas: cumplir sus metas, tener amigos. Uno que otro se preocupaba por sacar buenas notas.
Los maestros tampoco se preocupaban por mĂ­; al contrario, para ellos era mejor tener una niña tan tranquila como yo. No platicaba en clases, no gritaba, no hacĂ­a desorden; es mĂ¡s, era como si no existiera. AsĂ­ que yo representaba un niño menos.
PasĂ© por mi educaciĂ³n bĂ¡sica sin dejar huella, ni un recuerdo. O tal vez, si cierto dĂ­a alguno de mis compañeros me recuerda, simplemente dirĂ¡n –en mi salĂ³n habĂ­a una niña muy rara, no me acuerdo cĂ³mo era, pero era rara–. Me acostumbrĂ© a que pensaran asĂ­ de mi. Al principio me avergonzaba que los demĂ¡s me vieran como algo extraño, pero con el tiempo lo aceptĂ© y ya no me importĂ³. El aceptarlo me dio la libertad de poder comportarme de la manera que yo querĂ­a hacerlo: vestirme con colores brillantes y con combinaciones distintas. Ya no me importaba lo que pensaran, disfrutaba combinando mi ropa. Claro que tuve instantes de lucidez en los que tratĂ© de salir de mi refugio para integrarme con los demĂ¡s niños de mi edad, pero siempre era rechazada y enviada con mayor fuerza a mi ocultamiento. 
DespuĂ©s de rememorar mis tristes recuerdos, me calmĂ©. El llanto cesĂ³ porque no era la primera vez que me sentĂ­a como hoy. Me sentĂ© en la cama y volteĂ© a ver nuevamente las margaritas en mi almohada. EstirĂ© mi brazo y las tomĂ©. Las deshojĂ© con mis dedos y decidĂ­ que, si bien era perturbador, lo que me ocurrĂ­a podĂ­a verse desde una perspectiva mĂ¡s favorable. Esas margaritas demostraban que, al menos para mĂ­, habĂ­a un mundo mĂ¡s allĂ¡ de la realidad que se iba abriendo paso lentamente y que me invitaba a entrar en Ă©l.
No podĂ­a resistirme mĂ¡s. Las oportunidades se abrĂ­an por delante. El deseo de explorar lo inexplorado, de sentir sensaciones ocultas, era mĂ¡s fuerte que mi temor. AsĂ­ que apartĂ© las cobijas y me acostĂ© en mi cama, lista para dormir.

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