por Lorena Noriega
Día Uno
Día uno “No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan”. - Jean-Paul Sartre Todo ha empezado en medio de una gran pradera. Frente a mí, se alza una gran pirámide prehispánica. Parece que el sol está por ocultarse. Todo el paisaje se está pintando de un color rojizo. Detrás mío hay un gran árbol de tule, ofreciéndome su protección. Lo miro y comienzo a sentir temor. Sé que algo está a punto de ocurrir. Vuelvo la vista hacia la pirámide y ahí está, a la izquierda de esta, un gran dragón rojo. Es enorme: con todo su cuerpo tapa el sol. Me quedo petrificada mirándolo. Estoy en medio, entre la pirámide y el tule. El viento comienza a soplar y siento su frío sobre mi piel. Sólo el viento se mueve; todo lo demás parece quedarse petrificado como si fuera una postal. Primero, veo al dragón y, ahora, veo la escena desde fuera. Puedo verme frente a la bestia; acompañada de dos figuras imponentes: la construcción y el árbol. Estoy en medio; no puedo moverme. Y parece no haber ningún cambio mientras veo esa imagen. Despierto. La imagen sigue en mi cabeza. Permanece el sentimiento de terror e impotencia. Siento el frío en mis brazos y debo levantarme a buscar un suéter o una playera de mangas largas. Me siento aturdida. Mi corazón está acelerado. Tengo la sensación de querer regresar al sueño; de contemplar la majestuosidad de los tres elementos delante de mí. Cierro los ojos y puedo visualizar la postal. Nítida, como si la sostuviera entre mis manos. Los tonos rojizos se han quedado en mi mente. Miro hacia mi escritorio y ahí está, sobre mis libros, una postal con un enorme árbol de tule impreso en ella. Suena absurdo y extraño, pero estoy segura de que no había visto antes esa postal. No la tenía y con ese sentimiento, me preparo para ir a la universidad. Me baño como todas las mañanas, empezando por lavar mi cabello. He leído que no es lo más recomendable lavarlo todos los días, pero, es algo que simplemente no puedo evitar. No sé si es la costumbre o una necesidad de sentirme totalmente limpia. Después de mi baño, busco qué ponerme. Elijo lo primero que encuentro. Mi ropa la he comprado para que toda combine, no importa lo que escoja, o sea: puros pantalones de mezclilla y playeras. Ni siquiera me molesto en plancharlos. Desde que comencé a vivir sola, me he dado ciertas libertades que en casa con mi mamá eran prácticamente imposibles. Es más, ni siquiera tengo una plancha. Como lo primero que encuentro en mi refrigerador, sin sentarme a la mesa. Tomo mis cosas y salgo rumbo a la escuela. Siempre viajo en transporte público y aprovecho para avanzar en alguna de mis lecturas que he dejado pendientes. Así soy, todo el tiempo tengo lecturas pendientes porque todo el tiempo elijo algo nuevo que leer. Me cuesta conseguir terminar lo que empiezo. Me distraigo fácilmente y todo el tiempo cambio de aficiones e intereses. Y como si eso fuera poco, están mis sueños que lo cambian todo. Cambian mi percepción de la vida; de lo que me rodea y hacen que esté menos presente en la realidad y más unida a la fantasía. Y es que, no es que mis sueños se cumplan, sino que cobran vida en mi mundo. Por fin llego a la universidad con la sensación de que algo me persigue o algo va a suceder. Estoy a la expectativa de cualquier cosa. Estoy estudiando la carrera de Historia. No fue mi primera opción, pero, ha sido la más atrayente estos últimos meses. Cuando cursaba los últimos semestres de la preparatoria, me inclinaba por las matemáticas y mis profesores creían que escogería una carrera relacionada con esas áreas. Pero al final, decidí guiarme por mi amor a la lectura y me inscribí en la carrera de Literatura, sin embargo, en el primer semestre, cuando comencé con la materia de Historia del Arte, me enamoré de la historia antigua y decidí cambiarme y aquí estoy, estudiando historia; recorriendo los pasillos de la antigüedad, de los recuerdos… No acostumbro a platicar mucho con mis compañeros; de hecho, la mayoría me califica de taciturna, pero saben que pueden contar conmigo en cuanto a información o trabajos en equipo. No soy muy propensa a asistir a fiestas o actividades fuera de las marcadas por la carrera misma. No es que no me interese, pero tengo demasiados problemas lidiando con mis sueños que, francamente, no tengo ánimos de crearme nuevos. Así que, sólo me limito a lo que debo hacer sin ir más allá. Un día más de clases. Escucho la información, aunque me parece aburrida. Yo creo que ya está pasando la emoción de los primeros días de la novedad. Me pregunto, ¿Qué tanto me interesa dedicar mi vida a estos temas? Aún soy joven como para decidir lo que quiero hacer. Creo que el mayor problema está en que hay muchas opciones y todas parecen interesantes en un principio. Conforme pasa el tiempo se van haciendo comunes y, no es que lo común sea malo o aburrido, pero, es que en mis sueños he vivido tanto; experiencias tan maravillosas que creo que cualquier otra cosa ya no tiene interés para mí. Sí, creo que los sueños han influido mucho en mí. Me hacen esperar vivir otro tipo de emociones, de sensaciones. Experimentar esas texturas y sabores que no son de este mundo. Algunas veces, he pensado que tal vez lo mejor sería no despertar, pero, aunque así lo he intentado, no me ha sido posible. Siempre termino saliendo de mis sueños aunque sienta que con eso pierdo un poco de mí. Por fin, la jornada de clases se ha terminado, aunque no podría decir que fue totalmente aprovechable. Recojo mis cosas y me encamino a la biblioteca para reunir material bibliográfico para el ensayo que me han encargado para la próxima semana. Prefiero empezar mis tareas el día que me lo han encargado porque, en realidad, no sé lo que puede llegar a pasar. Me encanta estar en la biblioteca, pasear por los pasillos y mirar los lomos de los libros asomarse en un orden que me tranquiliza. Me gusta ver los colores que se mezclan y forman un cuadro de contrastes. Tomo algunos libros referentes al tema de mi investigación, pero también escojo algunos que me parecen interesantes, aunque no tienen que ver con la temática. Comienzo a revisarlos, me distraigo en ellos, hasta olvido por unos momentos la sensación de permanecer en un estado de alerta que me ha acompañado a lo largo del día. Para mí los libros son más que portadores de conocimiento, son mis compañeros y confidentes. En ellos puedo confiar y sentirme segura. Puede parecer tonto, pero a lo largo de mi vida, he pasado por tantos conflictos que, en medio de ellos, sólo los libros podían ofrecerme consuelo. Así que, cuando me siento intranquila, triste o enojada, recurro a ellos para apartar mi pensamiento de los problemas o del estado anímico en el que me encuentro. ¡Me han enseñado mucho! Comienzo con mis lecturas. El silencio de la biblioteca me molesta un poco, pareciera que está totalmente vacía. Trato de calmarme, pero empiezo a sentirme ansiosa. Me acomodo en la silla y abro el primer libro que tengo en las manos: Pensamiento mágico en la prehistoria. Lo hojeo buscando el tema de mi interés, pero la ansiedad aumenta. Mi corazón palpita aceleradamente. Un viento frío recorre lentamente mis brazos. Me está envolviendo. Siento que alguien está detrás de mí, como si me observara. No sé si voltear, no podría hacerlo. Me es imposible. Cierro los ojos y el viento se hace más fuerte. Me siento transportada al lugar de mi sueño, como si pudiera adivinar que estoy en medio de la pirámide y el gran árbol y, frente a mí, el enorme dragón que se presenta amenazante en todo su esplendor. Tengo miedo de abrir los ojos, pero la imagen está tan bien grabada en mi mente, que siento como si estuviera ahí. El viento se hace más intenso, el frío recorre mi cuerpo. Mi cabello se agita y se mueve al vaivén. Siento la presencia del dragón, como si se acercará más a mí. Sigo sin poder abrir los ojos. Oigo el crujir de las ramas por el movimiento del árbol sacudido por el viento. ¡Estoy aterrada! Mi corazón palpita con más fuerza. ¡Tengo que abrir los ojos! Junto mi coraje, abro mis ojos. Y lo que aparece frente a mí es una imagen borrosa del paisaje, que poco a poco va desapareciendo hasta dejarme de nuevo en la silenciosa biblioteca. Me quedo sin aliento, sin saber qué hacer o qué pensar. Trato de comprender lo que está pasando, pero no logro entenderlo. ¿Quizá todo es parte de mi imaginación? Puede ser. No hay alguna otra explicación que le dé a lo ocurrido. Trato de calmarme. Comienzo a respirar lentamente para desacelerar mi corazón. No quiero cerrar de nuevo los ojos por miedo a sentir las mismas sensaciones extrañas. No puedo permanecer por más tiempo en la biblioteca. Me siento muy intranquila, recojo los libros y cuando quito el último de la mesa ahí están tres hojas verdes arrancadas de algún árbol. Esto es demasiado para mí. Dejo caer los libros a la mesa y, sin pensarlo dos veces, tomo mis cosas y salgo corriendo. No es fácil. Sé que debería estar acostumbrada a este tipo de situaciones, pero no lo estoy. Cuando era pequeña y le contaba a mi mamá que mis sueños se volvían realidad, ella sólo sonreía y pensaba que eran cosas de niños –Sí Sandra, qué bueno–. Era lo único que me decía sin apartar su mirada de la televisión. Mi papá no estaba, nunca estaba. Podría ser por el trabajo o porque no quería estar. Nunca supe con certeza cuál era la verdad, mi mamá nunca ha querido hablar al respecto. Cuando intento sacar el tema ella se molesta y se va. Al cumplir quince años, mi papá me felicitó y me dijo –Al fin eres grande, ya cumplí con mi papel– me dio un beso en la frente y salió de la casa. Esa fue la última vez que lo vi. A partir de ese momento mi mamá siempre se mostraba molesta y cada día nos fuimos separando más. Ella encontró consuelo en ver televisión. Cuando llegaba de la escuela ella estaba sentada mirando las noticias y, cuando me iba a acostar, seguía en el mismo lugar viendo películas o cualquier otra cosa que pasaran en el momento. Ya no se levantaba a ayudarme o a hacer de comer. Ella decía que yo ya era grande y que podía hacerlo sola. Y era verdad, pero no requería que estuviera ahí porque no pudiera hacer las cosas. La necesitaba porque me sentía sola, pero al parecer, eso no le importaba. Las veces que he hablado con ella o que he intentado hacerlo, me dice que no puedo juzgarla ni reclamarle nada; que yo no sé por lo que ella ha pasado ni lo que ha sufrido. Es verdad, no lo sé, pero ¿Cómo podría saberlo si nunca me lo ha dicho? ¿Por qué no estuvo ahí conmigo cuando más la necesitaba? ¡No había nadie, nunca! Sólo hablaba cuando no debía hacerlo: para decirme que esa ropa me quedaba mal o que estaba mal planchada o que no eran horas de salir. A veces trataba de darme consejos “maternales” al estilo de “Si sales embarazada, no te quiero ver aquí” o “No pienso ir a reconocerte si te encuentran muerta tirada por ahí”. Mis sueños me perseguían, era algo que yo no entendía. Estaba temerosa todo el tiempo y parecía rara para los otros. Para mí siempre eran los “otros” porque no me sentía identificada con ellos, no teníamos nada en común. A mí me gustaba soñar, pensar en lo fantasioso y a ellos les interesaba crecer, experimentar, probar con el alcohol; el cigarro, algunas drogas. Yo lo intenté, quería desesperadamente formar parte de ellos. Pero no lo conseguía. Ellos fumaban y decían sentirse cool. Yo fumaba y era transportada a mis sueños. Después de dos cigarros, me sentía aterrada. No podía encajar. Por eso me refugié en los libros porque buscaba en ellos historias que se parecieran a la mía, a mi vida, a mis sueños. Siempre me ha interesado adentrarme en las vidas de los personajes; poder formar parte de sus vivencias, de sus temores, de sus alegrías. Algunas veces siento que puedo vivir a través de esas historias, a través de los personajes puedo vivir otras vidas. Me subo al transporte esperando llegar a mi casa sin ningún contratiempo. Me siento cansada, pero no quiero dormirme, aunque el vaivén del camino me está arrullando. Busco en mi mochila un libro para entretenerme. En estos días he estado leyendo Kokoro, un libro que me ha atrapado porque, a pesar de que fue escrito hace tiempo, me parece tan actual. Mientras leo me trasporto al lugar, puedo ver cada uno de los escenarios tan detalladamente de la misma forma que recuerdo mis sueños. Es como si estuviera ahí, contemplándolo todo. Es como los sueños porque puedo ver la misma escena desde distintas perspectivas, desde la visión de cada uno de los personajes. Hay veces en las que casi puedo predecir la historia a partir de lo que veo en mi mente sin enfocarme tanto en la lectura. Es extraño: mi mente funciona de una manera maravillosa para mí, pero estoy segura de que, si se lo platicara a alguien, creería que quiero llamar la atención o que estoy totalmente loca. Sí, locura. Así es como siempre han definido a lo diferente. Bueno, también acostumbraban a catalogarlo como brujas o demonios, pero nunca ha sido visto como una ventaja. El ser diferente significa ser peligroso para la razón, para la paz. Una vez leí que, si ponías una gallina lisiada en medio de un gallinero, las gallinas se acercarían a picotearla entre todas hasta matarla. Así ha sido mi realidad siempre, aunque, a pesar de los ataques, no han logrado matarme todavía, aunque sí han logrado que pierda la fe en la humanidad. No es que haya tenido fe en ella alguna vez, sólo que ahora ya no me interesa, ya no busco acercarme a las personas o encajar en los grupos. Ya no lo necesito. Me he acostumbrado a estar sola. Me bajo del transporte y camino unas cuantas calles hasta llegar a mi casa. No es una casa propiamente dicha. Es un pequeño departamento en un edificio viejo. Me gusta llamarlo “casa” porque se me hace más fácil que dar toda la descripción. El edifico es tranquilo, la mayoría de los vecinos son personas mayores y las paredes son lo suficientemente gruesas para evitar que escuche las peleas o sus fiestas. No tengo muchos muebles: una cama, un sillón, una mesa y dos sillas (me hubiera bastado con una, pero las compré al dos por uno); una cajonera y dos libreros. Es todo lo que tengo y lo que necesito. No hay adornos, pero sí un tapete rojo en medio de la sala que me encanta. Lo lleno de almohadas y me acuesto encima para leer en el suelo. Hoy me siento más cansada que de costumbre. Es tarde. Al parecer, perdí mucho tiempo en la biblioteca. Reviso en la alacena en busca de algo para comer: dos latas de atún, mayonesa y unas galletas saladas es suficiente para hacer mi comida-cena de hoy. Pongo la cafetera para acompañar mis lecturas con un poco de café. Mi vida es prácticamente tranquila. Mi papá sigue encargándose de mis gastos, pero eso es todo. No he sabido nada de él. Ni siquiera sé dónde vive. Lo más seguro, es que tiene otra familia y que yo soy producto de algún tipo de secreto que tiene y que le impide contactarse conmigo. Aun así, recibo cada mes el dinero suficiente para la renta y mis gastos. No sé por cuánto tiempo lo hará, así que he estado pensando en buscar un trabajo por si acaso decide ya no enviarme dinero. Pero, es difícil decidir qué tipo de trabajo buscar, ya que no me gusta convivir con nadie. ¿Qué podría hacer? No es que no quiera trabajar, es solo que es difícil para mí relacionarme y sentirme cómoda con alguien más. Así que “servicio al cliente” está descartado. Tal vez algún trabajo de oficina en el que no tenga que relacionarme y sólo deba entregar papeles. Pero bueno, lo pensaré en otro momento, ahora he terminado mi comida y es momento de leer. El café está listo, las galletas fuera de su empaque y mis libros esperando por mí en el sillón. Me quedé leyendo hasta quedarme dormida y fue así que me transporté al sueño que ocupara el día dos en mi diario.





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