por Antonio Balderas Córdova
Como casi cualquier día, Roque estaba listo para ir a su trabajo —No olvides que hoy es la primera posada en casa de mi Tía— le dijo Consuelo, — no podemos quedar mal, va a estar toda mi familia. Acostumbrado a las órdenes de su mujer, y a las de casi todos, Roque sólo dijo sí y salió de su casa. En el camino fue pensando en lo aburrido que se había vuelto su vida. Ya casi nada le causaba emoción. Para colmo, ese era el último día de trabajo antes de las vacaciones de fin de año. En esos días, todos en la oficina mostraban caras de alegría y satisfacción, como si el año hubiera sido de mucho éxito para ellos. El día en la oficina transcurrió para Roque como solía ser siempre: el jefe recriminándolo por cualquier cosa. En los descansos, los compañeros le preguntaban a Roque por qué dejaba que el jefe lo tratara de manera injusta. Roque contestaba que él estaba seguro de que el trato de su jefe se debía a un problema de autoestima. Hacia el final de la jornada empezaron las despedidas. —Felices vacaciones— decían algunos compañeros en la oficina. —Felices fiestas— contestaban los otros. Con algo parecido a una sonrisa, Roque se fue despidiendo de todos y fue casi el último en salir. —Que el año que viene sea mejor para ti, compañero, — le deseó el vigilante a Roque. —Gracias, igualmente, compañero — le contestó Roque, que pensaba que al menos el fin de año no mejoraría en nada su vida. Sin ánimo, Roque llegó a la casa de la tía donde la fiesta estaba ya en plena efervescencia. Saludó a Consuelo que desde temprano había llegado para apoyar en los preparativos. Como de costumbre, Consuelo le mostró su disgusto por lo que ella consideraba el mal gusto de Roque para vestir. La música de la Sonora Santanera estaba haciendo que la concurrencia bailara y recordara los buenos tiempos. —Hola, Roque, lo saludó un primo de su mujer, —verás que una buena posada te quita esa cara de cansancio. —Hola, Ángel, contestó Roque, —más que cansancio, lo que traigo es desánimo, todo se me ha vuelto rutina. Ángel era uno de los pocos familiares de Consuelo que se volvió amigo de Roque. Aunque eran de caracteres diferentes, la literatura les sirvió de punto de encuentro. —Recuerda que unos tragos han obrado milagros para algunos escritores, le dijo Ángel — así que nada pierdes con echártelos tú también. A Roque le empezaba a pesar la fiesta y no tardó en seguir la recomendación de Ángel. Al tercer trago ya se sentía mejor. Celebrar las posadas era una tradición en la familia de Consuelo y por ello ya se habían establecido algunas costumbres como bailar rock and roll. Movieron algunos muebles y se hizo una pista de baile a la que se lanzaron los mejores bailarines de la familia. Roque, ya entonado, vio bailar a Lupita y sintió que las manos le comenzaron a sudar. Aprovechó la siguiente pausa en la música para acercarse a Lupita. Aunque no era buen bailador pensó que bailar con Lupita podría ser divertido. —Hola, prima —saludó Roque con familiaridad a Lupita. —Hola, Roque —le contestó fríamente Lupita. Lupita, al igual que Consuelo, veía a Roque con poco aprecio, sobre todo, porque en la familia de ellas consideraban que Consuelo merecía una mejor pareja. —¿Bailamos? —Roque vio en el rostro de Lupita una expresión que le provocó que su nerviosismo aumentara. —Claro. Lupita, era bonita, no tenía pareja. Sólo se le había conocido un novio. Terminaron odiándose mutuamente después de algunos meses de noviazgo. También era buena bailando. Roque comenzó el baile con pasos torpes, pero después de algunos compases se sintió más suelto. Lupita sonrió al ver el esfuerzo de Roque y esto no pasó desapercibido para Roque. Sin pensarlo dos veces, en la primera oportunidad, Roque hundió su pierna más de lo necesario en la entrepierna de Lupita. Aunque en el rock and roll se necesita apoyar a la pareja para la realización de los pasos, Roque se excedió y Lupita en respuesta clavo sus uñas en la mano de Roque. Ambos sintieron que algo extraordinario se estaba gestando. Después de esa canción, Roque siguió buscando el contacto con Lupita hasta que, sin medir ya las consecuencias, quizás debido al alcohol o las emociones que después de mucho tiempo no experimentaba, le dio una nalgada. Lupita estaba al tanto del acoso de Roque y aunque un poco desconcertada, dejaba que esto sucediera. La situación la estaba emocionando. Cuando Roque le dio la nalgada, Lupita sintió una explosión de placer que la llevó a gritar toda clase de improperios a Roque. Lo humilló como sólo ella sabía hacerlo. La fiesta se detuvo: algunos rieron con la ocurrencia de Roque y la familia se unió alrededor de Lupita. Fue Consuelo la encargada de humillar aún más a Roque. Con gran violencia y desprecio, cosa que Roque pudo ver en el fondo de sus ojos y que hacía mucho no veía, Consuelo lo corrió de la casa. Un tanto desconcertado, pero con los sentidos exaltados, Roque salió de la casa. Consuelo se disculpó lo mejor que pudo, y sin que la furia disminuyera, se fue para su casa. Apenas entró a su casa Consuelo supo lo que tenía que hacer. Rápidamente se quitó la ropa y desnuda entró a su recámara en donde Roque ya la esperaba. —Esta ha sido la mejor noche en mucho tiempo —dijo ella todavía jadeando. —Y lo mejor está por venir, por fortuna son ocho las posadas —dijo Roque.

Antonio Balderas Córdova
Ingeniero en computación por la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Especialista en Dirección de proyectos; Redacción y análisis de textos. Participante en cursos de actualización especializados: “Gramática del Texto” y “Novela Policial”. Desde 1990 se ha dedicado al desarrollo de software administrativo y al análisis de datos. Participó en los años 90 en el cambio de Plataforma de Cómputo de la Administración Central de la UNAM. Desde el 2022 colabora en proyectos estratégicos como miembro de la Coordinación de Publicaciones de la FFL-UNAM. Apuesta por desarrollar e implementar modelos de gestión, de alto rendimiento y eficiencia, en las instituciones públicas, especialmente las que gestionan conocimiento. Actualmente cursa una Maestría en Creación Literaria.



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